viernes, 4 de mayo de 2018

Aventuras en el Barranco de la Encantada, Vall d’Alcalá, abril de 2018.

Llegamos pronto a L’almàssera, la encantada Casa rural de Margarida, un pequeño pueblo de sólo 27 habitantes perdido en medio de la Vall de Alcalá.

Acto seguido cruzamos el pueblo y los campos circundantes de cerezos en flor hasta bajar la pedrada que nos llevó hasta la carretera.







Después, cogimos un camino asfaltado hasta el Gorg del Salt, un bellísimo salto de agua nacido para enamorarse de las sirenas. Yo tengo a una cada vez que entro en la bañera, pero sé que esta suerte no la tiene cualquiera.












Seguimos por un camino de tierra que nos llevó hasta un antiguo molino de agua en ruinas, que es donde empezó realmente nuestro periplo en el Barranco de la encantada sembrado por luminosas cuencas de agua esmeralda.





El camino seguía extremadamente florido, abriéndonos sus mágicas puertas olfativas.




El señor Chuxo bajo para descubrir un fantástico salto de agua escondido en medio de los matorrales, un espectáculo realmente encantador.







Las cosas empezaron a ponerse más serias ya que la subida entre los matorrales floridos nos hizo llegar muy por encima del barranco, ofreciéndonos una asombrosa vista sobre su tortuoso recorrido durante todo el transcurso de nuestra peregrinación.







Una vez en la cima, llegamos a una casa de campo rodeada por campos de cerezos en flor, uno de los más bellos regalos de la primavera.







Desde allí, las vistas hasta el embalse de Beniarrés asediado por un verdadero ejercito de cerezos nos maravilló los sentidos embrujados a flor de piel.







Seguimos el camino hasta Planes y su Vía Crucis que sube como mil demonios hasta la Ermita del Santo Cristo, guardián de los cojones de oro y de la maldita subida que dejo al Chuxo echo polvo. En cuanto a mi niña mariposa, emprendió el vuelo hasta desaparecer entre las nubes.






Después, seguimos rodeando la montaña hasta llegar a un pequeño camino agreste que nos ofreció unas impresionantes vistas sobre el barranco y sus preciosas cuencas de agua esmeralda.









Llegamos al pueblo en plena forma, “mola ser joven”, tomándonos unas cañas de las buenas en la terraza de L’Almàssera, disfrutando de la vida juntos y para siempre.




Después de una buena ducha,fuimos a visitar el pueblo que es muy chiquitín, pero que tiene su magia y encanto especial.






Volvimos a  L’Almàssera, apoderándonos de nuestro rincón de las maravillas donde probamos por primera vez el famoso Bandarra, un vermut casero que volvió al chuxo fiel guardián del gallinero.








Cenamos mirando la luna levantarse hasta apoderarse completamente del cielo y de la noche que, para nosotros, fue muy profunda.


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