miércoles, 20 de agosto de 2014

Selva de Irati, julio 2014.

De camino hacia la ermita de San Esteban.

Al día siguiente de nuestra llegada a nuestro refugio de Valcarlos, apenas a tres kilómetros de la frontera francesa, no pudimos resistir y decidimos prepararnos para una pequeña excursión en la Selva de Irati, una leve caminata para empezar las vacaciones tranquilamente.  

Llegamos en coche hasta la área de Arrazola y es a partir de este punto que pudimos adentrarnos a pie en el impresionante y frondoso bosque de hayas y abetos, uno de los más extensos y bellos de Europa. Al entrar en esta catedral vegetal, lo primero que se siente es paz, frescura y mucho silencio.




Aunque en un principio mi niña se había prometido no forzar la marcha, rápidamente tomó las riendas de esta tranquila expedición, añadiendo a la belleza de los parajes su radiante sonrisa. 





Desde el cielo hasta la tierra, un fino velo verde se extendía por todas partes. A cada paso, miles de hayas se extendían hacia el infinito, dejando a mi dulcinea revoloteando de un lado para otro. Seguimos a buen paso un camino de hojas secas que se adentraba en el mismísimo corazón del silencioso bosque.




Un esponjoso musgo de color verde luminoso cubría parte de las piedras del camino y se extendía hacia la cima de los árboles en un espeso manto protector. Curiosamente, unos cuervos nos acompañaron buena parte del camino, espiándonos sigilosamente saltando de árbol en árbol en un baile orquestado por millones de hojas sueltas.




Al llegar al corazón mismo del bosque, el silencio se vuelve repentinamente espeso, creando una atmósfera mágica casi palpable. Allí, la luz toma un resplandor especial, borrando las sombras y jugando con el espacio. Es con mucho respeto que pasamos por la puerta de las tierras del centro, joya de las joyas del reino de los hayedos.







Siempre saltando, mi amada flor seguía caminando hacia delante con pasos firmes, empapándose de tanta belleza. Al llegar a unos pastizales, pudimos disfrutar de una impresionante vista que nos dejo con las pupilas impregnadas por el esplendor de un paisaje compuesto por suaves cumbres solitarias.







El camino volvió a bajar y nos llevó directamente hasta el guardián del bosque, un haya de Tres Brazos, majestuoso monumento natural cuya cima parecía competir con la mismísima bóveda celeste.






Seguimos caminando en paz, cruzando ríos de verde silencio, alfombras de hojas luminosas y ciudades del mundo invisible hasta empezar la lenta y calurosa ascensión hacia la cima de Azalegi.







Fuera de la protección del bosque, el calor nos sumergió, implacable y despiadado. Conocimos varios habitantes de los pastizales, todos muy amables a la vez que muy sorprendidos por nuestra inesperada llegada.





Nos costó el agua de nuestra cantimplora llegar hacia la cima, donde nos esperaban unos salvajes compañeros, eternos vigilantes de las verdes cumbres.






Desde la cumbre, bajamos por sendas poco definidas para encontrar la ermita de San Esteban, diminuta casita medio escondida en un hueco frondoso del bosque. Allí, a parte del silencio, nadie para recibirnos, lo ideal para descansar un rato.



Aunque volvimos a nuestro punto de partida sin una gota de agua para calmar nuestra sed ardiente, nos despedimos del bosque y de su pequeño río con una resplandeciente sonrisa. En cuanto a mi dulce bailarina, flor de las flores, dejó tras sus pasos un poco más de ternura de la que ya había, una suave ofrenda para despedirnos del bosque y de sus verdes encantos.



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jueves, 7 de agosto de 2014

Salem, junio 2014.

En la granja de San Miguel, compartiendo amor, sol y cariño.

El astro solar parecía implacable, ofreciendo poca sombra en estos angostos caminos. Aunque una colonia desordenada de pinos resecos nos había dado una calurosa bienvenida, el calor era el rey de estos silenciosos parajes. Pero nada ni nadie pudo impedir a mi bella niña flor el derecho de sembrar un poco de color en tan árido paisaje.








Pocos lugareños por estos parajes olvidados, pero mucha belleza escondida en los lugares más insospechados, dejando al peregrino curioso el derecho de contemplar los sencillos secretos de sus delicados encantos.




Ibamos en busca de una antiquísima fuente cuyas aguas, decían, era capaz de hacerte olvidar la calidez del entorno. Y era verdad. El agua era tan fría que hasta costaba beberla sin quemarse los labios de frescura pura. Eso sí, ayudó a que el camino de vuelta fuese más templado, dejándonos caer en la granja hacia la hora de la comida.





Mientras el horno se calentaba, mi dulcinea trabó amistad con un conocido del lugar, un cariñoso amigo de cuatro patas cuya mirada pedía algún hueso que roer.




El frescor llegó con la noche, un real alivio que nos llenó el corazón. Mientras el sol desaparecía, la vida del crepúsculo se despertaba, ofreciendo una sinfonía de sonidos encantadores compuestos por pájaros, grillos y cigarras, todos unidos en un baile de sonidos nocturnos. Es cuando mi bella flor se vistió de azul que sus besos y caricias supieron a luna y estrellas.







Al día siguiente, mi encantadora niña se había transformado en Sirenita de dulce mirada. El cambio fue espectacular. Mi reina de las orillas de los mil paraísos iluminó las aguas al mismo tiempo que mi mirada, ávida por contemplar tanta belleza.




A la hora de irnos, a mi niña flor le costó desprenderse de sus sueños acuáticos, y es a la sombra de unos pinos amigos que nos despedimos de tan dulces aventuras.