martes, 2 de diciembre de 2008

Cullera, octubre 2008

Cullderat y poildebet, el 4 y 5 de octubre.

Unos habían invitado al animal infernal a pasar el fin de semana en su pueblo, una magnifica muestra de paisaje Valenciano, con playas incluidas en el panorama… todo un programa. Evidentemente, había decidido ir para verificar el dicho bien conocido por esta parte de la comarca: “Si no iha collóns en el paquet, no iha ratolín en el armari”.


Aquí monsieur Malouloute a la espera del retorno del gran rey bestia, animal de pelo raso y cola cavernícola.

Mientras, las niñas se exasperan de la tardanza de los maestros cocineros, hombrecillos humildes pero de manos ágiles.

Tête de chien, siempre paseando entre las dunas, no se pierde ni una.

¡Por fin! Ha llegado el rey fanfarrón, con su brillo característico y su sonrisa de segunda mano.

La chiquilla es la más contenta de volver a verme. No me explico porque, pero siempre produzco encanto y buen rollo con los más pequeños. Es cierto que también la pobre tenía mucha hambre.

Cococineros en plena mamaestría. Van a flipar de lo bueno que van a cenar.

Después de tanta faena, un buen trago con los amigos es lo más justo y idóneo. Me quedé con las botellas hasta no ver la luna, que vagueaba titubeante.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Boda en Moixent, septiembre 2008

Moixent, el sábado 6 de septiembre.

Entre montes y girasoles, la noche se había despertado lentamente. El eco de una dulce música viajaba de nubes en nubes, dando un curioso brillo al astro lunar que nos regalaba a una de sus bellas princesas, misteriosa bailarina de cuerpo ensordecedor, que daba un poco de calor al frío silencio del campo terrestre.

Danza de la llama de una hermosa vela, llamada a una bella moza perdida.


Movimientos mágicos tan bellos como efímeros.


Dulce es la noche, bella es la danza.


Los espíritus se despiertan y la luna se ilumina de belleza.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Córdoba, agosto 2008

Córdoba, del 18 hasta el 22 de agosto.

Flor de verano… nos habíamos ido hacia los desiertos del sur, en búsqueda de nuevas aventuras, el corazón lleno de esperanza y los ojos preparadors para vivir milagros. A lo lejos, en las secas brumas de las incertidumbres, nos esperaban nuevas aventuras…

Cuatro mosqueteros como cuatros ases ganadores, cada uno de un color, uno para todos, todos para uno.



La virgen negra, sol de la oscuridad, era nuestra dama de honor, la que suele mostrar el buen camino.

Recién llegados, las altas murallas de la cuidad imponían su voluntad bajo falsas sombras alentadoras.

Bien a la vista, se nos advertía que el paso tenía su feroz guardián de las llamas.

Efectivamente, el animal estaba aquí, esperándonos fiero y silencioso.

Lo primero que vimos, perdido entre callejuelas sin sentido, fue la santa torre de los llantos olvidados.

Entre la sombra de estrechos caminos, pasadizos y pasillos oscuros, era más que previsible que íbamos a confundirnos, cuerpo y alma.

La complejidad del laberinto nos hizo perder el norte.

Al final: la luz…
¿Era de verdad la salida de este inextricable juego de sol y sombra?

No, la claridad daba sobre la oscuridad…

Las alturas estaban lejos de nuestro alcance, imposible subir más allá de nuestra asombrada desesperación.

En las profundidades, ninguna escapatoria, el calor alcanzaba hasta la piedra.

El pavimento parecía fresco, una trampa más para engañar nuestra sed de salvación.

Entre pergaminos de otros tiempos, quizás la contemplación era la solución.

Escondida en un patio silencioso, una virgen descansaba en un oasis inalcanzable.

Sigiloso, un felino al asecho deambulaba solitario…

¿Su meta?
Quizás una golondrina perdida.

Por fin, encontramos un camino que llevaba hasta el cielo.

Pero la vista no ofrecía ninguna perspectiva.

Prisioneros entre rejas oxidadas, rompimos los últimos reflejos de la esperanza.

¿Quizás bajo tierra el frescor podría indicarnos el buen camino?

Pero nuestra decepción fue coronada por la desilusión.

De repente, a la esquina de un camino tortuoso…

Un ángel.

No éramos los únicos en disfrutar de la felicidad que puede proporcionar un manantial. Seres inocentes nos daban, por fin, la bienvenida.

Unos no podían esconder su felicidad… hasta el sol parecía ser nuestro aliado.

A partir de entonces el camino fue menos tormentoso. Las torres nos guiaban y un reflejo de esperanza afloraba nuestros sentidos.

Seguimos adentrándonos en lo más profundo del laberinto, confiados en nuestra buena suerte.

Feliz, nuestro guía encontró el paraíso…

Una bodega como dios manda, iluminada por el resplandor ebrio de los caminantes sedientos, nos esperaba en el frescor de un escondido antro.

No cabe duda decir que supimos disfrutar de nuestra buena suerte…

La diosa del vino y del buen rollo nos había salvado en el último momento.

Nuestra ninfea dio las gracias a los reyes magos…

…Que seguían esperando la promesa de un continente prometido.

Ruedas paradas el tiempo de un suspiro nos indicaban el antiguo camino de las olas.

Guardianes silenciosos vigilaban un edén escondido.

Por fin la libertad.

Una fuente de juventud despertaba sonidos para nosotros casi olvidados.

Un megalómano de pluma y hueso nos invitó a disfrutar del silencio.

Y sentados a la sombra de un majestuoso árbol templario…

…Pudimos vislumbrar entro reflejos el baile de unas sirenas reales.

Unos pensaban en su musa perdida…

...Inspiradora de una bellaza sin nombre, sol de los soles, madre de todos los deseos.

Otros, ingenuos, pensaban poder robar el recuerdo de tanta felicidad…

…Intentando preservar en el frágil hueco la sencillez de tan bellos momentos.

Como bien sabemos, nada puede igualar el recuerdo de las flores.

Sombra de las sombras, paredes ornamentadas…

Ornamentos de sombra de flores…

… El agua es el manantial de la vida.

La simplicidad de una pequeña iglesia nos invitaba a seguir nuestra peregrinación y descansar entre el frescor de sus bóvedas.

Una niña de mirada evasiva nos contempló como si fuéramos sombras errantes.

En el interior del templo: el oro de la devoción.

Frías columnas saludaban cada uno de nuestros pasos.

La luz contenida impedía la entrada del calor, rey inalcanzable.

El frescor del lugar nos hizo olvidar al instante la dureza de nuestro viaje.

Una vez fuera, el mundo había cambiado para siempre...

Los gatos seguían desconfiando…

...Estábamos prisioneros y libres al mismo tiempo.

Cabalgando en la noche prometida para siempre, sabíamos que…

…El amor es lo más grande del mundo.