Córdoba, del 18 hasta el 22 de agosto.
Flor de verano… nos habíamos ido hacia los desiertos del sur, en búsqueda de nuevas aventuras, el corazón lleno de esperanza y los ojos preparadors para vivir milagros. A lo lejos, en las secas brumas de las incertidumbres, nos esperaban nuevas aventuras…
Cuatro mosqueteros como cuatros ases ganadores, cada uno de un color, uno para todos, todos para uno.
La virgen negra, sol de la oscuridad, era nuestra dama de honor, la que suele mostrar el buen camino.
Recién llegados, las altas murallas de la cuidad imponían su voluntad bajo falsas sombras alentadoras.
Bien a la vista, se nos advertía que el paso tenía su feroz guardián de las llamas.
Efectivamente, el animal estaba aquí, esperándonos fiero y silencioso.
Lo primero que vimos, perdido entre callejuelas sin sentido, fue la santa torre de los llantos olvidados.
Entre la sombra de estrechos caminos, pasadizos y pasillos oscuros, era más que previsible que íbamos a confundirnos, cuerpo y alma.
La complejidad del laberinto nos hizo perder el norte.
Al final: la luz…
¿Era de verdad la salida de este inextricable juego de sol y sombra?
No, la claridad daba sobre la oscuridad…
Las alturas estaban lejos de nuestro alcance, imposible subir más allá de nuestra asombrada desesperación.
En las profundidades, ninguna escapatoria, el calor alcanzaba hasta la piedra.
El pavimento parecía fresco, una trampa más para engañar nuestra sed de salvación.
Entre pergaminos de otros tiempos, quizás la contemplación era la solución.
Escondida en un patio silencioso, una virgen descansaba en un oasis inalcanzable.
Sigiloso, un felino al asecho deambulaba solitario…
¿Su meta?
Quizás una golondrina perdida.
Por fin, encontramos un camino que llevaba hasta el cielo.
Pero la vista no ofrecía ninguna perspectiva.
Prisioneros entre rejas oxidadas, rompimos los últimos reflejos de la esperanza.
¿Quizás bajo tierra el frescor podría indicarnos el buen camino?
Pero nuestra decepción fue coronada por la desilusión.
De repente, a la esquina de un camino tortuoso…
Un ángel.
No éramos los únicos en disfrutar de la felicidad que puede proporcionar un manantial. Seres inocentes nos daban, por fin, la bienvenida.
Unos no podían esconder su felicidad… hasta el sol parecía ser nuestro aliado.
A partir de entonces el camino fue menos tormentoso. Las torres nos guiaban y un reflejo de esperanza afloraba nuestros sentidos.
Seguimos adentrándonos en lo más profundo del laberinto, confiados en nuestra buena suerte.
Feliz, nuestro guía encontró el paraíso…
Una bodega como dios manda, iluminada por el resplandor ebrio de los caminantes sedientos, nos esperaba en el frescor de un escondido antro.
No cabe duda decir que supimos disfrutar de nuestra buena suerte…
La diosa del vino y del buen rollo nos había salvado en el último momento.
Nuestra ninfea dio las gracias a los reyes magos…
…Que seguían esperando la promesa de un continente prometido.
Ruedas paradas el tiempo de un suspiro nos indicaban el antiguo camino de las olas.
Guardianes silenciosos vigilaban un edén escondido.
Por fin la libertad.
Una fuente de juventud despertaba sonidos para nosotros casi olvidados.
Un megalómano de pluma y hueso nos invitó a disfrutar del silencio.
Y sentados a la sombra de un majestuoso árbol templario…
…Pudimos vislumbrar entro reflejos el baile de unas sirenas reales.
Unos pensaban en su musa perdida…
...Inspiradora de una bellaza sin nombre, sol de los soles, madre de todos los deseos.
Otros, ingenuos, pensaban poder robar el recuerdo de tanta felicidad…
…Intentando preservar en el frágil hueco la sencillez de tan bellos momentos.
Como bien sabemos, nada puede igualar el recuerdo de las flores.
Sombra de las sombras, paredes ornamentadas…
Ornamentos de sombra de flores…
… El agua es el manantial de la vida.
La simplicidad de una pequeña iglesia nos invitaba a seguir nuestra peregrinación y descansar entre el frescor de sus bóvedas.
Una niña de mirada evasiva nos contempló como si fuéramos sombras errantes.
En el interior del templo: el oro de la devoción.
Frías columnas saludaban cada uno de nuestros pasos.
La luz contenida impedía la entrada del calor, rey inalcanzable.
El frescor del lugar nos hizo olvidar al instante la dureza de nuestro viaje.
Una vez fuera, el mundo había cambiado para siempre...
Los gatos seguían desconfiando…
...Estábamos prisioneros y libres al mismo tiempo.
Cabalgando en la noche prometida para siempre, sabíamos que…
…El amor es lo más grande del mundo.
Los cuatro nos debatíamos
ResponderEliminarPor saber que decían
Esos signos tan extraños
Que ninguno conocía
“es un caballo” decía Athos
“una torre” apuntaba Aramis
“un puente” respondía Porthos
“Pues para mí...¡¡es una fuente!! D’artagnan insistente
solo un símbolo teníamos claro
porque de todos era conocido
un enorme corazón rojo
¡Era lo único que tenia sentido!
Se desesperaban pues no sabían
Si alguien corría peligro
Y cada segundo que pasaba
Podría ser importantísimo
Apenas si comieron algo
Dormir poco, beber pausado
Ya empezaba a hacer mella
El cansancio cuando...
D’artagnan con su impaciencia
Un manotazo dio al mensaje
Que fue a parar a la chimenea
Que por fortuna en ese momento no arde
Rápidamente lo recoge todo sucio
Y ennegrecido por el hollín
Y al querer limpiarlo lo extiende
Y un escrito por arte de magia aparece allí
Boquiabiertos nos quedamos
¿Cómo no lo pensamos antes?
Y asombrados nos pusimos a leer
¡¡Que misión más importante!!
Porthos
Olé las maravillosas palabras que pueden, y logran, mutar en golondrina a la más odiada de las aves. Salvadora mensajera rata del aire.
ResponderEliminarUn saludo
A mi Cordoba
ResponderEliminarel silencio
tiempo parado
anónimo
Amigos del silencio, hasta en el mismísimo infierno, los ángeles parecen blancos.
ResponderEliminarCon o sin cuernos, sigo con mi cola endiablada.