Pirineo Aragonés, una bocanada de aire fresco.
Después de un agradable viaje desde Valencia, cruzando media España huyendo del sofocante calor de la costa mediterránea, llegamos a Benasque al final de la jornada, exhaustos pero felices de contemplar tan imponente paisaje.
Benasque podría ser el pueblo de las mil y una puertas, cada una tan distinta como bella. Pocos turistas en las calles, el silencio del lugar añade pinceladas de misterio a las calles desiertas. Probamos deliciosos pasteles, especialidad del pueblo, que me dejaron con el paladar más que encantado.
Después de un agradable viaje desde Valencia, cruzando media España huyendo del sofocante calor de la costa mediterránea, llegamos a Benasque al final de la jornada, exhaustos pero felices de contemplar tan imponente paisaje.
Benasque podría ser el pueblo de las mil y una puertas, cada una tan distinta como bella. Pocos turistas en las calles, el silencio del lugar añade pinceladas de misterio a las calles desiertas. Probamos deliciosos pasteles, especialidad del pueblo, que me dejaron con el paladar más que encantado.
Al día siguiente, nada de bromas. Nos levantamos muy pronto para llegar a la Besurta, punto de partida de nuestra aventura de la jornada.

Al principio, el camino es realmente muy fácil y placentero, siguiendo
un riachuelo de aguas transparentes que provienen directamente del
glacial enclavado en las alturas. Allí las vistas de las montañas que
rodean el valle es el regalo de está primera etapa, un verdadero placer
para todos los sentidos.
Pero muy rápidamente, las cosas se complican un poco ya que el camino empieza a subir y subir… hasta el lago del Toro, deslumbrante ojo azul mirando hacia las estrellas.
Después de un buen bocadillo y de una pequeña siesta, vuelta hacia el valle. Muy dura bajada, mucho más complicada que la subida, que me dejo con los pies hechos polvo. Una vez llegado cerca del riachuelo , una colonia de furtivas Marmotas nos dieron la bienvenida, sacándonos más de una sonrisa.
Al llegar a nuestro punto de partida, en lugar de coger el autobús de vuelta hacia el parking forestal, seguimos con valentía los bellos senderos que serpentean entre los bosques de pinos, lugar privilegiado del caminante cansado.
Siempre sonriente, mi bella nos saluda con un simple gesto de la mano, invitándonos a seguir nuevas aventuras.
El pequeño pueblo donde estábamos alojados se llama Villanova y al contrario de su nombre es muy antiguo. Sus estrechitas calles empinadas no te dejan descansar ni un segundo.
Allí, justo al lado de la pequeña iglesia, se suelen reunir todos los
ancianos del pueblo, gente muy amable y con un encanto especial. Un poco
más abajo descansan las vacas, totalmente insensibles a nuestra
presencia.
Otro día, otra aventura. Esta vez nuestra meta: las cascadas de Ardonés. Al salir del pueblo de Cerler, un precioso camino de piedra nos lleva entre sol y sombras hasta la ermita de San Pedro Mártir, un sitio precioso rodeado por bellas praderas de flores blancas del bosque.
Seguimos subiendo, siempre siguiendo el torrente, hasta llegar a las zonas de pastos donde es bastante difícil abrirse camino entre la multitud de animales bastante sorprendidos de vernos irrumpir en su territorio. Después, nos esperaba lo más complicado del camino, una cornisa de la más abrupta que nos llevó hasta la imponente cascada de Árdones, joya incontestable de estos salvajes parajes.
Después de un breve descanso, camino de vuelta por senderos soleados, con una fiera cabra observando sigilosamente nuestra partida.
Después de tantos caminos a pleno sol, buscamos el descanso en los famosos baños de Benasque, a la sombra de un torrente perdido en un frondoso bosque botánico.
Al final del día, decidimos ir de exploración en coche, escogiendo pequeñas carreteras encantadoras que nos llevaron a un pequeñito pueblo casi abandonado situado en el Coll de Fades.
El guardián del lugar nos saludo con un gruñido de bienvenida, pidiéndonos las llave de su cárcel de piedra. Más allá, arriba, las cimas y el cielo para acompañar el silencio.
Al día siguiente, hora de volver al hogar. Pero antes de emprender el largo viaje hasta Valencia, nos paramos un instante a la orilla del río Esera para contemplar, admirados, el vuelo de las aves rapaces. Con este último regalo nos despedimos del frescor y de la belleza de estos pocos días de gran aventura.
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