Un finde soleado en el Puig Campana, Guadalest, Altea y Calpe.
Nuestra meta del día era la de dar la vuelta completa al Puig Campana para después subir hacia su escarpada cima. El tiempo parecía complaciente, sin una nube en el horizonte, así que emprendimos las marcha con ganas. El principio del camino no es muy complicado y los numerosos abetos ofrecen sus benéficas sombras, aliviando el esfuerzo del peregrino.
En apenas una hora y media de camino se llega al primer mirador donde se puede contemplar, a lo lejos, el New York alicantino estirarse perezosamente en la orilla del mar.
Pero claro, el camino es largo y, en un momento dado, tienes que subir un poco más. Allí, la vegetación se hace más escasa y el sol, abrasador, no te deja ninguna escapatoria. Cruzamos un nuevo bosque, desfigurado, calcinado por las llamas, sin sombras sino las que fue algún día.
A mitad de camino, llegamos a la fuente de los milagros demasiado cansados para seguir con esta estúpida idea de subir hacia la cima por un camino sin piedad ninguna. Eso si, la vista vale la pena. Incluso puedes bailar si te quedan fuerzas.
Mi princesa de las flores, siempre buena caminadora, se decidió solita a emprender el camino de vuelta. Estaba contenta porque los arboles se doblegaban a su paso para saludarla como era debido. ¡Vaya hada más encantadora!
Al día siguiente, después de una agradable noche en nuestra casa de madera, decidimos dar una vuelta por Guadales y disfrutar de su impresionante lago más azul que el firmamento. No pudimos resistir y nos compramos dos bellas salamandras de hiero forjado para casa, y un licor de hierbas para el señor del averno.
Nunca había visto Altea y sus calles escarpadas. Después de un día de caminata, nada mejor que subir y bajar por este magnífico pueblo de pescadores, blanco como las cimas del Kilimanjaro y más silencioso que la casa de una abuela coja. De hecho, allí mi niña hizo muy bellas fotos.
Como quería ver plumas y pájaros, nos paramos en Calpe para dar una vuelta por el paseo marítimo. Como plumas no vimos muchas, nos refugiamos en un bar de turistas sin turistas para disfrutar de lo mejor de un día de calor: una buena cerveza.







































































