jueves, 22 de diciembre de 2016

Mercadillo y paseo militar, Libourne, agosto de 2016.

Al levantarse, mi bella revoloteó hasta el balcón de la casa de la tía para llenarse los pulmones del buen aire fresco que nos ofrecía la mañana.

Después de un buen desayuno, nos fuimos a dar un paseo por el mercadillo del domingo, el más colorido de la semana.

Al principio, el señor Chuxo buscaba a su dulcinea que se había escapado entre el bullicio de los compradores matutinos.



¿Dónde… dónde está mi niña?



¡Ya la he visto, justo al lado del vendedor de pates y de “foie gras”!






En el mercadillo se vende de todo, sí, incluso animales de plumas y de pelo raso. El Chuxo habló con un conejo algo atrevido, pero se enfadó con una gallina demasiado pretenciosa.




Mmmmmmmm, cuantas buenas cosas que el Chuxín se llevaría a casa para el almuerzo.








Entre salchichones, pates y quesos, todos artesanales, las frutas del mar se abrían con alegría al sol naciente.







Después, nos fuimos a ver la especie de nave “espacial” que, cada noche, intenta jugar con las estrellas.







Seguimos nuestra exploración hasta el parque donde mi dulce mariposa se escapó de nuevo, revoloteando entre las flores en busca de una brisa musical.






Me llamó el general y tuvimos que viajar en el tiempo para presentar nuestros respeto a los valientes.








Después, volvimos tranquilamente a casa paseando como enamorados, dando un último paseo cerca de la Dordogne para despedirnos de nuestras dos semanas de vacaciones con la tía Christine que nos esperaba “Martini” en mano.





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lunes, 19 de diciembre de 2016

Aventura en la “Piste cyclable”, agosto de 2016.

Aquella mañana, nos despertamos más pronto que de costumbre: un largo día nos esperaba, con la aventura aguardando al principio del camino.

Alquilamos nuestras bicis en Créon y ¡Hop!, a pedalear en medio de los majestuosos bosques de la comarca.

Mi niña, siempre delante, pedaleaba como una campeona mundial, feliz de volver a cruzar una vez más la pista de sus recuerdos.

Desde el principio, el despertar del frescor nos asaltó, transportándonos hasta las nubes.





Pasamos por La Sauve y su túnel que desemboca en la parte más profunda del bosque.










Después, franqueamos unas puertas invisibles cerca de Dardenac, el idílico pueblo de la infancia del pequeño Titou.



A continuación, el bosque se abre sobre las primeras colinas que se pierden a lo lejos, sucesión de resplandecientes viñedos que desaparecían en el horizonte.





Después del Domaine d’Arpaillan, iniciamos la larguísima bajada que empieza con la parte más fresca del recorrido y que nos llevó a vislumbrar los altos de Bellefont.











La bajada sigue, cruzando campos de cultivos y casas aisladas hasta llegar a Frontenac, parada del obligatorio almuerzo: unos mega bocadillos preparados con amor y cariño por mi bella dulcinea.




Después de pasar por el Manoir des deux ponts, se acabó el frescor para todo el resto del camino ya que la pista cruza un sin fin de viñedos hasta perder el uso de la razón.














No hay duda alguna que es la parte más dura del recorrido, sobre todo bajo un sol estremecedor.






Después de muchos esfuerzos, llegamos a Sauveterre, con mi niña flor exhausta y con más sed que él que se perdió en el Sahara.






Mientras mi dulcinea pedía una Menthe à l’eau, el buen chuxo se tomaba 3 cervezas. Hasta se fue a la pastelería para comprarse un pastel vasco de los buenos. ¡Vaya buen animal como no los hay!



Después… ¡A pedalear y a callar! Que la vuelta iba a ser mucho más larga que la ida.





Allí si que hubo más paradas. Hasta hicimos partes del camino andando como suboficiales amotinados.





La subida fue un infierno. Pisamos varias veces el asfalto, lo que nos permitió recobrar fuerzas a la sombra de los grandes arboles, fieles compañeros del camino.




Volvimos a cruzar el túnel, pasando de nuevo cerca de la abadía de La Sauve… hasta llegar al final de nuestro recorrido. De hecho, mi bella cruzó la linea de llegada con el brazo en alto, igual que los gladiadores cuando ganan un infernal combate.






¡Viva, viva mi niña “champignon”, bella de mis praderas y reina de las bajadas de la pista mágica de sus sueños!