Dulce vuelta a Dardenac, el pueblo de mi infancia, del 15 hasta el 31 de agosto.
Senderos de silencio, madre tierra y cielo protector como compañeros de viaje, he vuelto hacia antiguas huellas… las mismas de siempre, más bellas que nunca. Amo profundamente esta sutil tranquilidad, estos cuchicheos mudos que acompañan el periplo del tiempo.
Veo flores de colores, bellas y sencillas, tesoros de la naturaleza.
Verde, verde es el infinito horizonte.
Verde me vuelven a decir los árboles.
Abro los ojos y el tiempo se detiene, quizás para siempre.
La luz se desliza en sutiles pinceladas.
Lentamente, sigo el camino que me dicta el silencio.
Nada se mueve bajo los reflejos.
Brilla el espejo.
Se iluminan estrellas.
Se esparcen nubes.
Y mi memoria tiza cuentos…
Largos son los caminos de los recuerdos. Debe haber puentes que cruzan mis historias.
Me aplico en el amor, trazando bellas líneas que inmortalizan los momentos.
Me pierdo entre sabias ramas.
Busco puertas y se abren ventanas.
¿No hay nadie en el umbral de las cavernas?
A no ser que estas sirenas sean los únicos seres en poblar las entradas de los templos en los que suelo derivar cuando duermo despierto.
Detrás de las sombras… un pasaje.
Nuevas paredes me obligan a retroceder.
Otras ventanas, las de los mundos de paredes grises.
Decido subir hacia el cielo.
Me pierdo de nuevo entre secretos de alcoba. ¡Qué bellas son estas desilusiones!
La luz me atrae como una mariposa invisible.
Escalones tras escalones, bajo hacia otros suelos, otros misterios.
Rejas simétricas estructuran el paisaje.
Las alturas me dan nuevas perspectivas.
Guiño un ojo…
Suelo.
Cielo.
Y tierra.
Veo de nuevo flores de colores, bellas y sencillas, tesoros de mi naturaleza.