Decidimos emprender nuestra ascensión desde Olhette, un pequeño pueblo escondido en la falda de la Rhune. El principio del camino discurre en medio de un bosque muy transitado, con unos cuantos majestuosos árboles para recibirnos… y a veces caballos salvajes si hay suerte.
Salimos rápidamente del bosque para adentrarnos en el reinado de los helechos. Es allí que empieza realmente la subida, con unas vistas hacia el litoral cada vez más espectaculares.
A lo lejos, la cima parecía cada vez más cerca, pero no hay que confiarse demasiado y seguir caminando moderando sus esfuerzos, me aconsejaba mi niña gacela a quien le encantan las subidas (salvo si hace mucho viento).
A lo lejos, vimos el final de la cadena de los Pirineos que se despedía en el Jaizkibel, un buen conocido nuestro.
A veces, uno se topa con unos cuantos animalacos de los montes. Aquel día fue con una oveja de lo más simpática.
El último tramo es realmente el más empinado. Mi niña volcánica tomó la delantera y no hubo nadie para alcanzarla hasta la cima. ¡Qué niña más trepadora!
Llegamos a la cima al mismo tiempo que el “Petit train de la Rhune” atiborrado de turistas, perros y gatos, un verdadero circo. Obviamente la reina de la fiesta fue mi niña… De echo, las águilas aún se acuerdan de su grito de victoria al llegar al gran obelisco. En cuanto al garrapateador ladrador, seguía a buena distancia.
Desde arriba pudimos disfrutar de una panorámica impresionante: desde nuestras primeras aventuras en el Jaizkibel, pasando por Saint-Jean-de-luz, Erromardi y el “Sentier du litoral”, el lago de Saint Pée hasta el Artza Mendi, tantos buenos momentos disfrutando de la naturaleza juntos.
Bajamos con las pilas recargadas, saludando por última vez la costa vasca desde las alturas.
Bajar nunca es un problema si el terreno te lo ofrece. Nos paramos en “Les trois sources” para volar un rato y seguimos por el mismo camino que el de ida.
Tras nosotros, las nubes y el mal tiempo anunciado desde hace días ya había cubierto toda la cima… y seguían progresando a buen ritmo. ¡Nos libramos de una buena por los pelos!
Antes de llegar abajo, dos magníficos caballos nos acompañaron un rato. Por desgracia, llegamos al albergue demasiado tarde. El tiempo había derrumbado lo poco que quedaba de su antaño esplendor y nos quedamos con las ganas de probar su famoso guisado de lagartijas y ortigas, un manjar de reyes de la montaña, cuenta la leyenda.