sábado, 16 de enero de 2021

La fabulosa ruta de “Les Fonts”, Xeraco, diciembre de 2020.

Nuestra caminata empezó en medio de los campos de naranjos que rodean Xeraco y prosiguió por una larga subida en medio de un bosque bastante frondoso y muy tranquilo que, siempre bajo la vigilancia del Monduver, nos llevó poco a poco hacia las alturas.



Una vez llegado a la cresta, las vistas hacia Denia y el peñón de Ifach fueron sencillamente impresionante.



Seguimos caminando por el sendero que se deslizaba por varias crestas durante unos cuantos kilómetros hasta legar a un promontorio que ofrecía una panorámica  excepcional de gran parte de la costa Valenciana.





Pero el camino seguía subiendo al abrigo de la falda de la montaña bajo un sol de Diciembre bastante cañero. En cuanto a mi niña exploradora, siempre delante y en armonía con toda la naturaleza que la rodeaba, me ofreció una increíble caminata bajo un laberinto de matorrales en flores.







Llegamos hasta la fuente del Esbarcers, escondida en medio de una vegetación exuberante, donde descansamos antes de reemprender nuestro camino. El lugar desprendía muy buena vibra, de las que llenan almas y corazones.




Mi niña flor despertó un campo florecido que descansaba a la sombra y nos dejo el camino libre para bajar hasta la fuente de I y pasar así al otro lado del valle.

Después, el camino es un poco más peligroso ya que muchas partes del sendero están bordeadas por profundos acantilados. Nada excesivamente peligroso si se toman las medidas de precaución elementales.


La subida, situada de nuevo en la solana del monte, nos llevó hasta la fuente del Xopet, que nos saludó con su característica timidez.






Después bajamos tranquilamente hacia los campos de huerta, dando un largo rodeo hasta llegar al coche que habíamos aparcado al abrigo del sol, agotados pero felices por haber descubierto tan bella ruta.




martes, 5 de enero de 2021

Encantamientos en el nacimiento del río Palancia, Bejís, diciembre de 2020.

Empezamos nuestra aventura rupestre en Los Cloticos, cerca del encantador pueblo de Bejís, acompañados por el cantar de los pajaritos y de una brisa bien fresca que nos animó a emprender el camino sin tardanza.

Enseguida bajamos hasta el barranco del Resinero donde corría una agua brava y salvaje, increíble espectáculo que nos sorprendió por su fuerza y belleza.

En el puente nos esperaba una ardilla para desearnos la bienvenida y un buen camino. No se dejo fotografiar pero en cambio fuimos los únicos en disfrutar de los juegos imperturbables del agua que discurría con un majestuoso cantar sibilino.










 
Después, el camino prosigue por la orilla del río Palancia hasta llegar a un antiguo puente derrumbado, fortaleza y castillo de mi bella niña mariposa que, sin miedo, emprendió la ascensión de su torre más alta.







A partir de entonces, el sendero se aleja poco a poco del río para seguir por los campos y huertas circundantes al lejano pueblo.








Muchas granjas por el camino, unas cuantas abandonadas, la ocasión para una foto, un repentino descanso y, sobre todo, para quitarnos los abrigos ya que el sol de diciembre se había vuelto realmente abrasador.



Seguimos un camino forestal situado en la otra orilla del río que nos llevo hacia un cautivador bosque de pino cuyo perfume de hojas secas nos empapó de buena energía silvestre, lo ideal para recobrar fuerza en cuerpo y alma.





Llegamos a la comuna del Molinar, una aldea silenciosa y deshabitada durante este periodo del año. Aprovechamos  la tranquilidad y el encantamiento de estos bellísimos pajares para sustentarnos como era debido y curiosear un poco, haciendo fotos y videos entre sol y sombra, silencio y recuerdos.










Después el camino vuelve a cruzarse con el río Palancia que ya no es tan bravo, aunque no parecía dejarse domar sin antes librar unas cuantas batallas. Sus tesoros no se regalan sin un mínimo de esfuerzo y mérito… que se sepa.





Al final, río y sendero se estrechan hasta confundirse el uno con el otro, creando un entrelazado capaz de derrotar a cualquiera… piedras y troncos esperándonos con las ganas de vernos resbalar de una vez por todas.


Tuvimos que escalar unas cuantas rocas hasta llegar a la catedral donde, más lejos, nace el río Palancia. Es un barranco con un encanto especial, digno de ser visto y descubierto con mucho respeto ya que el lugar se lo merece con creces.





Las pozas estaban llenas de agua y, sin el material adecuado, no pudimos seguir los 100 metros que nos faltaban para llegar al nacimiento mismo. Pero prometimos volver para resolver este misterio que aún nos queda por descubrir.