miércoles, 30 de noviembre de 2016

Croisière sur le Bassin d’Arcachon, agosto de 2016.

Como la tía quería invitarnos a dar un paseo en barco por el Bassin, nos levantamos antes que las palomas y los grillos para aprovecharnos de la marea y de las gaviotas.

Llegamos a Arcachon sin problema y nos fuimos directamente al embarcadero para comprar nuestros billetes de ida y vuelta a bordo del “Spirit of Bassin”.

Después de un café cafu, embarcamos sin demora y empezó nuestra gran aventura en alta mar.





Mientras mi niña jugueteaba con el sol, la tía se tomaba un Ricard imaginario para combatir el mareo ambiente.



Pasamos cerca de las Cabanes Tchanquées y de los parques de ostras dando vueltas como mariscos enfurecidos.







Nos acercamos a la otra orilla donde descubrimos antiguos pueblos de pescadores reconvertidos en balnearios para ricos y crustáceos de todo extirpe.






Mi niña, siempre vigilando el alta mar, se estaba volviendo más precavida que un viejo lobo de mar, serena frente a la inmensidad del horizonte.




A lo lejos se perfilaban las dunas de Pilat, refugio de legiones de cangrejos perseguidos por hacienda.




Y allí fuimos, a lo alto a lo más alto, tocando casi el cielo (pero no la lotería).



Por un lado, la inmensidad de un frondoso bosque…




… Y del otro, mi bella Sirenita y un océano contemplativo por tanta belleza marina.



En marea baja, no quedaba más que bancos de arena por donde habíamos navegado durante toda la mañana, un efímero reino para toda clase de mariscos y una ganga para todos los restaurantes de la costa. 



El chuxo se volvió de nuevo fotógrafo, aunque no ladrador, y no dejo ni un rincón de su bella sin un recuerdo digital.




El sol seguía su viaje, la brisa era agradable y eran las vacaciones de verano… el paraíso.


martes, 22 de noviembre de 2016

Arroz meloso en Libourne, concierto en Guître y Mascaret en Saint pardon, agosto de 2016.

A salir de la cama, mi niña estaba eufórica, revoloteando y feliz persiguiendo perdices. ¡Fiesta fiesta! Aquel día había mercado, parada obligatoria para mi bella que nos había prometido un fabuloso arroz meloso, manjar de los manjares para los paladares en busca de sabores folclóricos.

Como cada domingo, el mercado estaba muy concurrido aunque, por culpa de las obras en la plaza, faltaban muchas “paraetas”. Aún así, fragor y colores se mezclaban con magia y encanto con las multitudes de aromas que se diseminaban ante nosotros.







Fue difícil no sucumbir a la tentación de comprar más olivas y almendras para el aperitivo, o bien de esos fabulosos quesos que vuelven completamente loco al chuxo , animal de ávido paladar.





Después de la compra, todos quietos, que mi niña se apoderó de la cocina mientras el Chuxín  se tomaba un merecido aperitivo con la tía.



Mi niña se sabe todos los secretos para sacar partido a un buen arroz. Es capaz de despertar aromas que te dejan aturdido hasta la siesta, y más si no vuelves a despertarte.




De hecho, el sabor sorprendió tanto a la tía que perdió su dentadura en el caldo. Menos mal que, aparte del arroz, había buen vino para realzar el gustillo hasta el alma.


Después del siestorón, nos fuimos a “Guître” para escuchar un concierto de órgano… toda una odisea.



La tía se durmió roncando como un cosaco, mi niña refunfuñaba de aburrimiento como un jabalí en una charcutería y el chuxín, animal como no los hay,  no paraba de tirar pedos musicales.



Total, tuvimos que largarnos pitando y con la cola entre las patas.



Después de la música celestial nos fuimos a “Saint Pardon” a ver a los surfistas, ¡sí señor!



Allí estaban, esperando la ola anual que les daría fama y gloria hasta el firmamento.






Esperamos un buen rato hasta verla llegar a toda hostia. Todos saltaron de alegría, incluso el chuxo pedorro que seguía frenético.





La ola pasó y pasó lo que tenía que pasar: pasó para no volver. ¡A tomar por saco los surfistas y la ola que los parió!




Volvimos a casa con alegría y pedos ya que el chuxín se había vuelto algo exuberante. De hecho, desde aquel día, el buen animal quiere ser surfista, sí, uno con pectorales y melena al viento.


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