miércoles, 24 de septiembre de 2014

Urdazuby y Zugarramurdi, julio 2014.

En busca de la cueva de las brujas.

Decidimos aventurarnos hacia los senderos del norte, donde Navarra comparte su frontera con el País Vasco y las frías tierras Galas. Una tortuosa carretera comarcal nos llevó a lo más profundo de unos frondosos bosques, allí, dónde el silencio no admite ni siquiera la brisa de un susurro. 

No había otro remedio que conducir paso a paso, disfrutando de un maravilloso paisaje hasta llegar al Puerto de Artesiaga, cumbre donde las nubes suelen apartarse para que el intrépido caminante pueda descubrir los valles que yacen bajo su espeso velo protector.


Después, el camino es mucho más transitable y conseguimos llegar sin más problemas hasta Urdazuby, donde disfrutamos de unas merecidas cañas bien frescas acompañados de una ración de Chistorras de las buenas. A la entrada del pueblo nos esperaba un fiero corcel blanco que nos dio la bienvenida al mismo tiempo que nos invitaba a proseguir con nuestra visita.




Mi niña, vestida de azul mariposa, revoloteaba de un lado para otro. Fue muy complicado hacer fotos de mi bella de los campos salvaje, pero con paciencia conseguí inmortalizar su encantadora sonrisa, la más bella de los siete reinos reunidos.




No vimos brujas pero notamos su presencia en cada momento. Al mirar el agua, nos dimos cuenta que aparecían casas encantadas de la nada, que surgían de entre los matorrales hadas de oscuro velo y que los riachuelos desdibujaban señales extrañas.




Pero el pueblo, que parece más grande de lo que es en realidad, es misteriosamente muy bonito y acogedor. Allí… el tiempo parece transcurrir con otra rima. Allí… las cosas que no tienen importancia cobran un significado solemne, dejando perenne el estrés de la vida cotidiana.



Justo antes de llegar a las cuevas de Zugarramurdi, la Rhune nos saludó desde sus alturas, despertando muchos de los recuerdos de mi infancia. Pero antes de franquear las puertas de la Regata del Infierno, tuvimos que seguir y escuchar a un majestuoso riachuelo, guardián milenario de aquellos parajes.





Mi niña flor tuvo que salmodiar arcaicos cánticos olvidados para quedar bajo la protección de los dioses del antiguo mundo de las profundidades.




Una vez en lo más profundo de la oscuridad, se hizo la luz. Sin miedo pudimos disfrutar de las bellezas del mundo de abajo sin temer a las brujas y a su Santo Macho Cabrío, amo del mundo más allá del fuego oscuro.




No nos perdimos en ningún momento aunque tuvimos que trepar por pasadizos muy estrechos para conseguir encontrar la puerta de salida, la única que da hacia la luz y la felicidad.






Una vez a salvo, mi princesa me pidió un beso de amor eterno, de los que te embrujan para siempre. Justo detrás de nosotros, escondido entre la maleza, se encontraba la joya escondida de la cueva, la concha de la santa virginidad, un hueco siempre húmedo donde, dice la leyenda, solían nacer las futuras brujas saliendo directamente de entre las profundidades de la madre tierra. 



Al darle un beso, mi niña se transformó en flor mariposa. Asustado, tuve que ir corriendo a comprar un cáliz de cristal para dejar a salvo a la flor de mis deseos. Menos mal que al caer la noche, mi bella volvió a recobrar su aspecto habitual para que pueda, aunque con mucho cuidado, seguir dándole besitos encantados. 


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Saint-Jean-Pied-de-Port, julio 2014.

Un paseo por una de las más antigua ciudad medieval del País Vasco.

Para descansar de nuestras anteriores peripecias silvestres, decidimos visitar Saint-Jean-Pied-de-Port, situada a apenas un tiro de piedra de Valcarlos, el pueblecito donde nos hospedábamos.

El tiempo estaba bastante nublado, perfecto para perderse por el corazón del casco antiguo de la ciudad. Entramos por la "Porte Saint-Jacques" para descubrir unas floridas calles sembradas por imponentes casas de estilo vasco.





La ciudad es pequeña y rápidamente se perfilan las murallas de la fortaleza, con sus puertas estratégicamente situadas en los cuatro costados de la ciudad. Evidentemente, mi niña no pudo contener su curiosidad y consiguió inmiscuirse por unas ventanas abiertas para hacer fotos de la casa de un cazador a la antigua, famoso en el reino entero.







Rápidamente llegamos al camino de ronda que sube hacia la ciudadela, arquitectura mucho más marcial que la parte baja de la ciudad, aunque no desprovista de un cierto encanto.





Pensaba que una vez arriba se podían vislumbrar las estrellas. Como no se dejaban ver, decidí fotografiar a la princesa de mis días, que es la más bella luz del firmamento. Abajo, una fina llovizna acariciaba los tejados rojos de envidia.





De vuelta hacia la Nivelle, el río que parte la ciudad en dos, vimos como un pastor de piedra vigilaba su rebaño con un ojo severo. Hasta los borregos no se atrevían a tirar pedos.



Una vez llegados a la iglesia de "Nuestra Dama del final del puente", las tranquilas aguas del río reflejan todas las bellezas que se han parado en su orilla.




En lo alto de la puerta de "Notre-Dame", mi dulcinea no hizo ningún caso a la "inmaculada del nicho" sino que ofreció su más bella sonrisa a su fiero fotógrafo que la sigue y persigue en todas sus aventuras. En la orilla, la parte medieval de la cuidad hace frente a otra mucho más silvestre.





A la salida de la ciudad, se puede advertir  la puerta de "Notre-Dame" desde su ubicación más "turística". Al otro lado del puente, la Nivelle sigue su curso hasta Saint Jean de Luz, ciudad de mi infancia, donde se deja enlazar por el gran océano, rey de los reyes.

PD: Unos sabuesos internautas nos han comunicado que una extraña foto de tiempos más revueltos se había inmiscuido en nuestro reportaje. Esperemos resolver lo antes posible este curioso accidente informático.





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Después de una pequeña vuelta en coche por el País Vasco francés, justo después del famosísimo pueblo de Musculdi, donde la vacas saben mascar chicles, no he podido resistir la tentación de ofrecerles esta bellísima panorámica, una bella foto de mi niña flor.