lunes, 29 de abril de 2013

L'entre-deux-mers, agosto 2012


Saint-Émilion, Libourne y Bordeaux, mágicos momentos de mucho encanto.

Nueva vuelta a Saint-Émilion, feudo del buen vino por excelencia, un paseo contemplativo enriquecido por los recuerdos de nuestras pasadas visitas .

Lejos de la gran afluencia del verano, el pueblo recobra parte de su serenidad perdida. Fue realmente muy agradable caminar de nuevo entre sus empinadas calles adoquinadas, descansar en uno de sus floridos lavaderos y por fin meditar con música en el patio de su famoso claustro, admirando en silencio un cielo a punto de despedirse.


















El mercadillo de Libourne no defraudará al gourmet y conocedor de los néctares de sutiles sabores. Sus carpas se extienden bajo las estrechas calles del centro histórico de la ciudad, dejando un aroma muy peculiar de frutas, carnes asadas y especias que transforman el paseo en un viaje de lo más sorprendente.










Llegamos tarde a Bordeaux, un poco exhaustos, con el paladar y la mente aún aturdidos por una exquisita comida en casa de Jacques y Pierrette. Es con lentitud que nos dejamos empujar por la cálida brisa de la ciudad que me vio nacer, caminando hasta terminar el día en una oscura bodega típica del lugar, disfrutando del sabor de una generosa y merecida cerveza.













lunes, 15 de abril de 2013

L'entre-deux-mers, agosto 2012


Una vuelta en bici en Entre-deux-mers.

Los días se habían vuelto soleados, el verano llegaba a su fin y la belleza de los parajes seguían intactos, como si nos hubiesen esperado antes de despedirse y dar la bienvenida a la próxima estación. En los silenciosos bosques que rodean el viejo pueblo de Dardenac, la hermosura se despierta cada mañana, inalterable, igual a si misma y sin cambios ninguno.





Más allá en el camino, un paisaje mil veces visto se desenredaba a lo lago de la pista, dejándonos de nuevo maravillados por sus sutiles encantos.




Parada en la casa encantada, escondida bajo las sombras de un frondoso bosque y rodeada por un riachuelo de aguas tranquilas.





Entre las viñas pasean los habitantes del bosque, tímidos y celosos de su tenue libertad. 




Pero ya era hora de volver a casa, la noche amenazaba en envolvernos bajo su abrigo de estrellas y la rosas estaban a punto de cerrar sus pétalos hasta la mañana siguiente.





Entre dos o tres copa, acabamos este bello día con una merecida cena, contándonos historias y cuentos de otras aventuras… de otras vidas.



Velamos hasta que las estrellas mismas, cansadas de nosotros, se fueron de paseo por la vía láctea, la única que no tiene ni principio ni fin.



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