jueves, 18 de junio de 2015

Font D'en Torres, paraíso de las cascadas, marzo 2015.

El invierno se estaba acabando con días de sol y calor y decidimos irnos todo el fin de semana a un alojamiento rural totalmente alejado del mundo, escondido en medio de "Els Ports-Maestrat", a apenas unos kilómetros de Morella.

La casa? Una pasada total. Además del alojamiento y del desayuno casero totalmente biológico, se nos ofrecía una visita guiada de carácter medioambiental dentro de la finca, un paseo que resultó ser bastante fabuloso a la vez que impactante.




Al principio, nuestros dos guías llevaron a nuestro pequeño grupo por un sendero sombreado que discurría por una pendiente bastante fresca hasta llegar a una cumbre donde pudimos disfrutar de las vistas de una lejana cascada.





Visitamos la gruta de los leprosos, pero sin leprosos, y seguimos caminando hasta la joya de los parajes: la fuente de la virgen, rodeada por sus fieles guardianes inmaculados: varias e impresionantes cascadas que salían directamente del corazón de las rocas. 











El espectáculo fue realmente bello y espectacular, digno de ser visto y contado. En cuanto a la santa Virgen, se quedaba quieta, feliz a la vez que bastante mojada.







Después, cruzamos verdes praderas vigiladas por unas cuantas vacas hasta llegar a la altura de nuestra tranquila morada situada en la ladera opuesta, reino de nuestro guía de cuatro patas, un animal intrépido y muy peludo que nos seguía desde la noche de nuestra llegada.






En la cima, mi bella brilló como una flor-estrella, iluminando mi corazón de amor en estado puro.




Seguimos con nuestra excursión hasta llegar a una nueva cascada escondida en medio del bosque y tapizada por un abrigo de suaves flores.







Seguimos cruzando el riachuelo que serpenteaba sin parar, endiablado por la fuerza de la corriente, pasando por la cascada de la luz hasta cruzar la montaña, partida en su mitad, por un profundo valle encantador.







En las llanuras, las aves rapaces vigilaban en silencio nuestro intrépido periplo.





Más allá, en los recovecos de la espesura del bosque, descubrimos el cuenco de los milagros dignamente provisto de agua por unos rápidos que salían directamente de la montaña.





Pero ya era hora de volver, y nuestros dos guías, felices por habernos hecho descubrir maravillas, nos llevaron a buen puerto bordeando el flanco de un profundo acantilado para después subir una pendiente vertiginosa y acabar nuestros pasos en nuestro mismísimo punto de partida. Allí, es con emoción y amor que besé a mi dulcinea, caminante de mi corazón y reina de mis caricias.