viernes, 29 de mayo de 2015

¡Qué chulo Chulilla!, marzo 2015.

No hay duda, desde lejos, la vista del pueblo y de sus antiguas murallas impone. El resplandor de sus paredes blancas crea un fuerte contraste con lo árido de los montes que rodean el poblado.

Pero una vez refugiados a la sombra de las estrechas calles, una apacible brisa nos invitó a pasear en silencio. Mi niña, siempre muy intrépida, fue mi guía y consiguió llevarme hasta el castillo sin perder el norte y aún menos el camino.





Al ver tan bella mariposa, todos los gatos de la comarca se sorprendieron de tan efímera aparición.




En lo alto: las ruinas de la plaza fuerte, medio derrumbada por los asaltos repetitivos del tiempo.



Desde arriba, el pueblo se ve aún más apacible. Sus tejados de formas regulares diseñan una nueva y espectacular panorámica eclipsando, el tiempo de una mirada, la virginidad de las blancas paredes.



Mi amada dulcinea, silenciosa amante de mis pasiones, observaba el cielo tras las ventanas del silencio.



En cuanto al señor ilustre, se duplico para aparecer más en las fotos, el muy testarudo.


De vuelta al pueblo, volvimos a pasear cerca de la plaza de la iglesia justo a la hora de la santa misa.



Un gato nos aconsejo de no entrar y nos enseño la entrada de su morada que, según él, daba directamente hacia otro universo.




lunes, 4 de mayo de 2015

Simat de Valldigna, un recorrido sembrado de sorpresas, febrero 2015.

El día se había vuelto francamente agradable, dejando atrás unas semanas de lluvia casi ininterrumpidas. Al llegar a Simat, descubrimos su monasterio que nos esperaba en silencio. 

Franqueamos las solemnes puertas de entrada que dan al interior del recinto religioso bajo la mirada penetrante de una una virgen soberana. El convento, por si mismo, nos dejó sin voz. 





Sus paredes abiertas al cielo invitan a la contemplación y al sosiego.






Mi princesa revoloteaba de un lado para otro, buscando algún que otro tesoro olvidado.


Mientras una ligera brisa serpenteaba entre los recovecos del olvido, las paredes se animaban de efluvios de lujuria.




Inmensos arcos lanzados hacia el cielo dibujaban el recorrido de las nubes en un complejo laberinto arquitectónico.





En cuanto al chuxo fotógrafo, no paraba de inmortalizar la bella de sus ojos, preciado tesoro de su corazón.




Bajo la bóveda celeste, el silencio se volvió olvido. Cerramos los ojos y vimos miles de estrellas bailando a la vez.




De vuelta al camino de tierra, meta inicial del día, nuestros pasos nos llevaron hacia otro mundo, otras bellezas.



Mi niña mariposa, flor de estos parajes, andaba con sabiduría con un gorrión de colores arropando su cabeza.





Más subíamos, más el viento se hacía bravo, dejando muy atrás el convento y sus maravillas.



Mi dulcinea de ágiles pasos, siempre delante, perseguía su sombra que siempre parecía adelantarla de unos cuantos suspiros.






Por fin llegamos a la cima donde vimos, a lo lejos, el tenue resplandor del mar.



Después de un frugal bocadillo, nuestros pasos nos llevaron hacia una urbanización medio perdida entre los pinos donde un encantador abuelo se ofreció a llevarnos en coche hasta una fuente milagrosa, partida del sendero que bajaba directamente hacia el valle.



Como mi bella sabe del lenguaje de las flores, sus dulces susurros se transformaron en encantos.




Al franquear un antiguo puente perdido entre la maleza, el camino se volvió cada vez más agreste.





Antes de despedirnos del silencio, una explosión de colores tapizó nuestro camino de vuelta, transformando nuestro cansancio en un ligero aleteo.