miércoles, 25 de noviembre de 2015

La ruta de los aristas, Carnicola, junio 2015.

Allí arriba estaba la torre, monolito impoluto tocando el cielo. Para llegar hasta ella toda una aventura nos esperaba.

Hay que señalar que el camino estaba sembrado de obras de arte, grandes o bien pequeñas, que se armonizaban perfectamente con el paisaje, añadiendo un poco de poesía contemplativa al maravilloso entorno natural.





Entre las rocas, no muy lejos de la fuente de la sabiduría, estaban apilados los libros de la vida, el conjunto vigilado por enormes arañas mecánicas además de trepadoras.





Mientras el Bolako corría tras unas furtivas miradas, seguíamos nuestra peregrinación hacia las alturas.





Desde lo alto de la torre, el silencio era imperturbable.




Es entre un sendero de flores que emprendimos la bajada hasta el valle, con "Bea la trepidante" abriendo el camino con su habitual  sonrisa.



Durante un descanso más que merecido, mi bella niña de dulces pétalos consiguió charlar con una majestuosa "flor cemento", dulce y dura a la vez.




Más abajo, un molino tántrico nos llamó la atención por su inocua presencia.





Al ver el ciprés del cementerio, supimos que el pueblo ya no estaba muy lejos.



Una vez en las calles de Carnicola, el arte seguía persiguiéndonos a cada paso, cactus, gatos y nueces siendo catalogadas como obras maestras.





Comimos en un restaurante cercano al antiguo lavadero donde, en otra vida, mi sirenita cantaba bellos cantos. En cuanto al Bolako, el buen animal estaba con las patitas rendidas, observándonos con una mirada que nos decía: ¡Dejadme tranquilo y dadme huesitos, waf!



miércoles, 11 de noviembre de 2015

Coma Ruga, últimas sonrisas frente a la inmensidad de la eternidad, junio 2015.

Frente a la ventana del mar, el silencio esperaba su momento para despertarse. La brisa soplaba suave, inmersa en sus cuchicheos invisibles. El sol aún latía en todos nuestros corazones... y nos hubiera gustado a todos seguir caminando juntos por mucho más tiempo.




Entrelazadas son las raíces de la vida. A veces, aunque se pierda algo valioso durante ese largo periplo, su vivo recuerdo debe iluminar nuestros pasos para siempre.




Tras el dulce perfume de mi bella sigue latiendo mi corazón. Mire por donde mire siempre aparece, sonriéndome para apaciguar la soledad que, a veces nos sorprende cuando menos la esperamos.







Dicen que las sirenitas sólo miran hacia el horizonte, allá, donde el sol nace y muere cada día.




Al lado de la fuente de la vida somos todos peregrinos. Beber de su agua es un milagro pocas veces concedido.




Juntos, es así que tenemos que perdurar en nuestros recuerdos. Y aunque unos ya no estén entre nosotros, siempre queda su amor acunándonos hasta el final de nuestra eternidad.