Esta nueva caminata no es nueva para nosotros, pero habíamos prometido volverla a hacer con el “Equipo J” al completo y así lo hicimos, disfrutando de una mañana soleada para deleitarse de una ruta que, por aquel entonces, nos había parecido más larga y dura. Lo cierto es que estamos en gran forma, hay que subrayarlo.
Después de dejar el sendero adoquinado que discurre cerca de los inmensos campos de pasto, nos adentramos en el gran bosque, guardián milenario de frescor eterno.
Saludamos a unos de los “Gigantes” que nos dejo el paso libre hacia las alturas, lo que hicimos muy agradecidos.
Caminamos a buen paso hasta llegar a la altura de las grutas de Zugarramurdi. Después de cruzar el riachuelo, es todo subida-subidón hasta el pueblo de las brujas.
El pueblo es precioso y si llegas fuera de temporada y entre semana, lo tienes todo para ti solo. De hecho, aprovechamos el tirón para comprarnos pacharan del bueno y licor de brujas para aguantar las largas y frías noches del invierno… tontos no somos.
Después de la cervecita en el bar del vecino de la esquina, emprendimos el camino de vuelta, con el Señor Chuxo fotografiado en plena acción ya que el buen animal siempre se queja que nadie le hace una instantánea. Lo dicho está hecho.
La última parte del camino discurre en medio del paraíso de los maestros del bosque, un encantamiento perpetuo que hay que disfrutar en silencio absoluto, rezando que ninguna bellota te caiga en medio del cabezal.
Llegamos a la famosa gruta del “Jabato loco”, el sitio ideal para sustentarnos como es debido. De hecho, tengo la impresión que nos esperaban con ganas y entusiasmo, pero es posible que me equivoque.
No nos faltó de nada, la comida fue “Gargantuesca”. Comimos como tres, bebimos como cuatro, repetimos los postres, el café y los digestivos… y casi se llevaron a mi niña bailarina con los del autobus de la fortuna. ¡Se han librado de una buena, los pobres!
No me explico lo que pasó a continuación, mi niña flor, mariposa de la pradera, se volvió más atacadora que una fiera de la sabana mientras el Bernat intentaba tapar la entrada de la gruta con una enorme roca. Nos largamos por una ventana abierta, cagando hostias y sin darnos la vuelta por si las moscas mientras la “Siñora Gracia” se meaba encima… ¡La vergüenza total!





































































































