Un domingo en casa de Encarna no es un domingo cualquiera. Allí, a la hora del paseo matutino, las nubes, cuando las hay, son siempre más impresionantes que de costumbre. Están y nos recuerdan con cariño los que no están, el tiempo que pasa y el silencio que perdura.
Un domingo en casa de Encarna siempre acaba con una paella para veinte. Que estemos tres no cambia absolutamente nada. En cuanto a la picada, mejor no hablar de ella.
Un domingo en casa de Encarna, hagamos lo que hagamos, siempre se termina con una buena siesta. Pero no cualquier siesta, una de las bien pesadas, una digna de un buen domingo compartido con amigos.
















