Elvas, sus callejuelas blancas, sus siete bastiones y sus dos fortalezas.
El día era muy nublado, demasiado para aventurarnos muy lejos de Alcazaba. Así que decidimos coger el coche y dar una vuelta a Portugal que estaba a un tiro de piedra.
De camino, vimos Elvas desde lejos ya que la ciudad fue construida encima de una colina. Decidimos pararnos para dar un paseo por sus estrechas calles blancas y almorzar alguna especialidad del terreno.
Todas las casas de la ciudad están pintadas de ocre y blanco, como si fuese un estandarte inalterable. La ciudad es apacible, con muchas huellas del pasado. La gente, muy humilde, suele ser bastante agradable y extremadamente comerciante. En cuanto a mi bella, iluminó mi paseo de sonrisas y alegría.
Hay muchos pasadizos y tiendas encantadoras, algunas de artesanía de muy alto nivel. Menos mal que no teníamos mucho dinero, mi bella lo quería comprar tooooodo. Eso sí, nos fuimos con la promesa de volver algún día, aprovechando otro viaje en Extremadura.


































