Las bellas dehesas de alcazaba, una espectacular primavera en Extremadura.
Llovió cada día. Y cada día llovía más. Tanto que se desbordaron todos los ríos y riachuelos de la comarca, dejando el paisaje casi irreconocible. Por todas partes, flores y hierba, una alfombra verde intenso impregnando tu retina de su resplandor casi mágico.
A lo lejos, el infinito. En las verdes dehesas, encinas y alcornoques pueblan las verdes praderas de flores. Entre ellas, mi bella, disfrutando de sus tierras amadas.
En medio de la nada, un suntuoso cortejo, solemne y solitario. Cerca, curiosos habitantes del campo nos dan la bienvenida, sorprendidos al vernos cruzar sus tierras de pasto.
Arriba, en el silencio eterno, las nubes, majestuosos palacios de los cielos, escriben su sombra en el verdoso paisaje, desdibujando mensajes codificados.
La belleza no tiene precio, sobre todo cuando el espectáculo es perenne y pasajero.
En el camino, indios me atacaron, acribillándome de dardos de amor. Encantadores son los senderos cuando se comparten las emociones con la bella de tu vida.
A la vuelta, ovejas campestres contemplaban un cielo manchado de sus silenciosos pasajeros del viento. Y así nos despedimos de esta dulce y fresca vuelta en Extremadura.



















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