lunes, 31 de octubre de 2016

Le château de la Brède, agosto de 2016.

Después de tres días realmente muy calurosos, nos levantamos con un cielo más clemente aunque un poco nublado… nuestra primera oportunidad de irnos de excursión.

La vista desde el balcón del piso de la tía ofrecía unas tranquilas vistas apenas perturbadas por el revoloteo de una paloma medio despierta, lo que suele ser un buen augurio. Mientras desayunamos, decidimos irnos a visitar el Castillo de la Brède, a una hora de camino de Libourne, más o menos.



Antes de llegar al castillo mismo, hay que cruzar sus tierras por un camino central rodeado por impresionantes árboles centenarios. En cuanto a las vacas: muy majas y simpáticas… hasta se dejaron hacer un Selfie con mi niña.





La fortaleza pertenece aún a los descendientes de Montesquieu y se puede visitar parte de las salas más emblemáticas del lugar. Por desgracia no se pueden hacer fotos. Mi bella lo intentó, pero la pillaron enseguida.








Después de la visita, dimos un paseo alrededor del castillo, con mi dulce flor mimetizándose con el entorno ya por si encantador.



En cuanto a la tía, nos seguía cojeando y a paso lento.



Como ya es sabido, el señor Chuxo fotografió cada rincón del edificio para dejar constancia de la belleza del lugar, aunque se centró más en su bella que en las piedras, el muy animal.




En cuanto a mi sirenita, princesa del castillo y de mi corazón, sus sonrisas iluminaban la fortaleza de una hermosura inusual.







Tras los reflejos del estanque, las truchas estaban al acecho de cualquier miga de pan atrevida.



Una vez la visita concluida, nos fuimos a comer a Burdeos a un selecto restaurante de la “Rive droite”, uno de los lugares favoritos de la tía en el cual consiguió olvidar, Dios sabe como, sus gafas en la marmita.




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Hace poco, recibí una invitación del famoso circo Fratellini. Me recordaban que podía dejar allí a mi tía cuando quisiera. De hecho, siguen ofreciéndome un buen precio por exhibir a dicha fiera.


lunes, 24 de octubre de 2016

Parada obligatoria en Carcassonne, agosto de 2016.

De camino hacía Libourne, cruzando todo el sur de Francia, decidimos pararnos en esta ciudad medieval para visitar la imponente ciudadela que predomina gran parte del horizonte.

Hacía muchísimo viento y mi niña flor casi perdió parte de sus delicados pétalos intentando cruzar con falda el puente que lleva directamente hacia los caminos de entrada de la fortaleza.










Pero mi dulce doncella consiguió llegar arriba ilesa, disfrutando del sol y de las margaritas silvestres, únicos habitantes de las cercanías de las murallas.





Una vez en el interior del recinto medieval, nos dimos cuenta que el lugar estaba asaltado por hordas de turistas ávidos de víveres y brebajes, ya que habíamos llegado alrededor de las 12.00, la hora sagrada para los franceses.






Paseamos por callejuelas poco concurridas, intentando impregnarnos de la magia del lugar.





Pero inevitablemente, eran pocas las oportunidades de escapar del bullicio incesante que se había apoderado de gran parte de la ciudadela.




Antes de despedirnos, descubrimos la famosa puerta de las flores que, según cuenta la leyenda, permite escapar por unos segundos del espacio y del tiempo.




A lo lejos, la ciudad parecía adormecida bajo el azul de un cielo de media mañana. Era la hora de reemprender nuestro camino y dejar atrás tantos misterios que no tuvimos tiempo de descubrir.