Último día de vacaciones entre sol y sombras.
Seguimos nuestro recorrido por el Midi Pyrénée descubriendo bellos paisajes intensamente bucólicos. Entre unos bosques frondosos, descubrimos el bellísimo y tímido pueblo de Curemonte, una aldea medieval perfectamente conservada.
En sus estrechas calles silenciosas, mucho silencio. Entre los recuerdos de otros tiempos, otras luces, nuestros pasos nos llevaron hasta el castillo, imponente e impenetrable.
Nadie en las ventanas para espiar nuestras idas y venidas. Y por todas partes, una exuberante vegetación, testimonio del dominio omnipresente de la naturaleza impregnando estos lugares de una misteriosa solemnidad.
Y entre tanta piedra, el vacío, ensordecedor amigo del visitante curioso.
Al llegar a Collonge la Rouge, el impacto visual puede dejar a más de uno bastante desconcertado. Para empezar, ningún coche puede entrar en la aldea de piedra roja. Muchos turistas, evidentemente, pero también mucha belleza... además de unos cuantos rincones encantadores por descubrir.
La belleza campestre tiene aquí su máximo explendor. No falta nada al encanto de estos parajes.
En la esquina de un patio escondido, unos caminos rodean el pueblo y te llevan a otro mundo. El verde se mimetíza con el rojo creando una atmósfera muy especial, un lugar donde el frío comparte sus colores con la más cálida de las tonalidades.
Aquí, los enamorados no tienen que rezar para disfrutar de cada momento.
Detrás de las puertas cerradas, el calor reconfortante de las casas de piedra. Pocas ventanas, ninguna abierta, pero mucha belleza por compartir.
Bendecidos, nos perdimos por caminos más salvajes, dejándonos emborrachar por olores naturales. En un cruce de senderos, unos rumiantes, fieros guardianes de sus pastos, nos dejaron pasar sin preocuparse por nuestra inocua presencia.
Para llegar a Rocamadour, meta de nuestro viaje del día, cogimos unas carreteras secundarias que nos hicieron cruzar enormes bosques frondosos . Al salir de uno de ellos, nos paramos para contemplar este magnífico palacete señorial, con su estanque y sus bellos cisnes blancos. No pudimos resistir la tentación de hacer unas fotos antes de volver a la carretera.
Rocamadour, uno de los pueblos medievales más impactante del mundo, construido en la misma roca que lo vio nacer y prosperar durante varios siglos, parada obligada de los peregrinos del camino de Santiago. A nuestra llegada, tenebrosas nubes prometían oscurecer lo que quedaba del día. Pero la suerte estuvo de nuestro lado y pudimos subir todos los peldaños de la ciudad bajo el cálido cuidado del sol.
La parte baja de la ciudad no ofrece más que tiendas para turistas. El verdadero interés de estos parajes se encuentra justo arriba. Sólo hay que alzar la mirada y dejarse invadir por las alturas.
Entre tantas piedras santificadas, mi dulcinea, con la más bella de sus sonrisas.
Una vez arriba, entre pasillos oscuros y senderos abruptos, la capilla y su bendecido parque, el lugar ideal para sentarse y soñar bajo la sombra de los guardianes del bosque.
Al día siguiente, a punto de regresar a España, unas fotos para recordarnos la bellísima morada que nos acogió durante estos lluviosos días. Una mañana de frescor intenso, con niebla despertándose lentamente de entre los silenciosos valles, nos esperaba para nuestra despedida.