miércoles, 21 de mayo de 2014

Évora, abril 2014

Évora, ciudad histórica en el corazón de Alentejo.

Un año después de nuestra última visita, aprovechamos un día de pocas nubes para dar una nueva vuelta por Portugal. Como ya habíamos visitado Elvas, decidimos aventurarnos un poco más en el interior de las tierras portuguesas hasta llegar a Évora, una antigua ciudad fundada por los romanos. 

Empezamos la visita por el templo romano, último vestigio del imperio, bajo un cielo todavía poco clemente. Rápidamente, nos perdimos en un laberinto de pequeñas y encantadoras calles solitarias que hacen el encanto de la ciudad.








Cerca de la catedral, el entresijo de calles se vuelve cada vez más complejo. Volvimos tres veces al mismo sitio antes de conseguir alejarnos definitivamente del centro de la ciudad.







 


Encontramos un bonito parque donde mi dulce niña, flor de las flores, pudo esconderse para intentar sorprenderme con su más luminosa sonrisa.





Seguimos callejeando hasta llegar a la meta de nuestra visita, la famosa capilla de los huesos, templo sagrado de todos los chuchos de la ciudad y de la comarca entera. De hecho, a la salida, decenas de animales de todos los pelajes esperaban un descuido de los funcionarios de la capilla ardiente para volver a casa con un recuerdo que roer.















Volvimos tranquilamente hacia el centro de la ciudad hasta llegar a la catedral donde una abuela pedía limosna bajo la mirada acusadora de unos cuantos santurrones que, no se sabe porque, se habían quedado de piedra en un momento dado de la historia.





Llegada la tarde, nos entró una imperiosa ganas de comer. Tuve que encontrar un pequeño bar realmente muy acogedor antes de que mi dulcinea empezara a morder a todo lo que se le antojaba por el camino. La verdad es que la gente del bar fue muy amable con nosotros  y estuvimos un buen rato disfrutando de unas especialidades culinarias del país.



Camino de vuelta, pasamos por el jardín público donde tuvimos la suerte de cruzarnos con unos cuantos pavos reales. Menos mal que mi niña ya había comido. Aún así, mejor vigilarla de cerca… nunca se sabe.





De vuelta en coche hasta Extremadura, vimos a lo lejos una fortificación que dominaba todo el paisaje. Decidimos pararnos en el castillo de Evoramonte donde nos esperaba un horizonte de acuarelas pintados por la naturaleza misma, una vista ensoñadora de toda la comarca bañada por unos rayos de sol juguetones, un placer para los recuerdos.