¡Vaya ruta más chuxinesca! El lujo total. Llegamos pronto a Pavías, donde un abuelo nos aconsejó un sitio para comer. Tampoco hay tantos bares en el pueblo, que cuenta con unos sesenta y pico habitantes.
Con las pilas cargadas empezamos la ruta en solitario: los dos chuxines, codo con codo, uno ladrando más que el otro. A la salida del pueblo, dos esculturas animalescas vigilan las entradas y salidas. Cuidado con el jabalí… tiene mal genio, el animal.
El sendero es precioso. Cada 200 metros hay carteles con poemas, rodeados de árboles en flor y espárragos salvajes por todas partes. El paraíso animal en todo su esplendor.
Salimos hacia la carretera cargados como mulas de espárragos, con el señor chuxo feliz y contento.
Se llega a Higueras por la carretera, pero el pueblo, aún más pequeños que Pavías, es sencillamente precioso. Qué placer cruzar una aldea con ese aire alegre. Incluso han dejado bicicletas para caminantes cansados. ¿Qué más se puede pedir? ¿El Euromillón?
Después del rincón, los besos; después de los besos, el lavadero: uno de los más bonitos que hemos visto en toda la comarca.
Al salir del pueblo, el camino sube ligeramente y la vegetación se vuelve más árida, pero a cambio ofrece panorámicas espectaculares de los valles circundantes.
Al llegar a la pequeña cumbre, se desciende con tranquilidad hasta el alcornoque monumental, un guardián con más de cien años de vigilia. Respeto ante todo.
Seguimos por un sendero más sembrado que el chuxo, pero menos bonito que mi bella de las mil flores y bajo un cielo artísticamente pintado.
Al volver a Pavías, nos saludó un amigo de cuatro patas de los más simpático. Después, coche descapotable y directo al restaurante Casa Engracia, donde nos sirvieron con… gracia.
A la vuelta, pasamos por Caudiel a comprar miel en el monasterio de las monjas. El pueblo es feo de cojones, pero la miel… digna de rezarle a todos los santos.





































































