miércoles, 10 de julio de 2013

El barranco del Infierno, febrero 2013


El barranco del Infierno, la Catedral del Senderismo.

Como fieles creyentes, hemos querido visitar la famosa catedral que todo buen senderista tiene que visitar por lo menos una vez en su vida. Como no estamos en la Meca, un buen Barretxat antes de empezar la aventura es más que recomendable…

Empezamos nuestra peregrinación en el lavadero de Fleix, donde ambos perros se lo pasaron bomba, sobre todo el Malako, gran especialista en la materia. Y ahí se acaba la broma porque nada más empezar el camino que uno se da cuenta que lo de los 6000 escalones no era mentira alguna. 

Allí están, esperando sin misericordia al intrépido caminante. La resaca del día anterior no se me pasó y empecé a sufrir nada más empezar la bajada hacia las profundidades del barranco. Un infierno.






Al llegar al Forat, hay una pasarela de madera que te permite pasar al otro lado sin problemas. La vista es impresionante y el frescor de la noche aún presente.





Una vez abajo, sólo te falta subir de nuevo. Mi niña, más lista que el hambre, se refugió bajo una roca, a la sombra del sol naciente, proveedor de la oleada de calor que nos dejó seco durante todo el resto de la jornada. 




Nos paramos a almorzar nada más llegar a una pequeña fuente cercana a unas casas de antiguos  ganaderos. Bueno, el Malako no parecía tener ganas de ir más allá y nos observaba con una mirada que nos decía "¡Aquí he llegado y aquí me quedo, que os den a todos por saco!". 



Cerca de bellos campos de margaritas en flores descansamos un buen rato hasta reemprender nuestro camino con el Bolo, el perro loco, siempre delante. Aquí hay que subir y bajar hasta llegar a la fuente de los Reinós donde uno se puede desalterar en paz.










Más adelante, las vistas son vertiginosas y se llega de nuevo al fondo del barranco… para volver a subirlo de nuevo. Todo un programa de gran diversión, con sus altos… y sus bajos.



Después, todo es muy fácil, sólo tienes que subir, subir y subir aún más. Un paseo.



Nos paramos a comer al lado de unas ruinas. Nuestra semejanza con el entorno era tal que casi no se nos veía. No digo que estábamos algo exhaustos, pero la felicidad se leía en nuestras caras, salvo el perro Malako que aún se preguntaba que coño hacía aquí.







El último tramo de esta ruta circular es seguramente la parte con las vistas más impresionante del barranco. De hecho, me di cuenta que nos habían engañado ya que seguramente hay mucho más de los 6000 putos escalones anunciados. Perdí la cuenta al principio del camino, pero no soy tonto, coño.










Al final del trayecto te esperan bellísimos campos de cerezos en flor tapizados por millones de margaritas que hacen más liviana tu llegada ya que flotas en medio del dulce perfume del olvido. Con mi princesa, que es la más bella de todas las flores, nos prometimos volver y hacer el camino al revés. El único en quejarse de dichosa idea fue el buen Malako que se quedó ni siquiera con un huesito que roer.