Como estábamos alojados entre la casa de la tía Christine y el bonito pueblo de Saint-Émilion, nos fuimos de buena mañana cumpliendo nuestra peregrinación anual.
Es que mi niña flor y yo tenemos un cariño especial con la capital del vino y es impensable para nosotros ir de visita por la región sin, por lo menos, pasear por uno de nuestros pueblos preferidos.
Este año, centramos nuestros pasos por el claustro de la iglesia que nos reservó una grata sorpresa. Pero antes de todo empezamos con mi bella posando mirando a los ángeles de los cielos.
Unos fantásticos frescos ilustraban la vida monacal, espiritual y guerrera del pequeño pueblo. Fue un placer discurrir entre esas fábulas pintadas en el silencio del imponente claustro embrujado.
Pero no pudimos entretenernos mucho tiempo ya que nos esperaban para comer, así que el señor Chuxo se fue a saludar a su amigo el jabato y nos despedimos del pueblo… hasta nuestra próxima visita el año que viene.










