El día se había levantado nublado y tormentoso, aún así tentamos la suerte y nos fuimos hasta el Lagoa do fogo con la esperanza de emprender una nueva caminata.
Pero el temporal era tan malo que decidimos bajar hasta la Caldeira Velha a tomar un baño en medio de la jungla.
Y así fue, nos quedamos allí, barboteando en el agua cálida unas cuantas horas, disfrutando de la paz, de la serenidad y del silencio que nos proporcionaba el entorno.
Llovió todo el resto del día, así que nos quedamos en casa, unos absorbidos en el mundo digital, otros dibujando a lo loco. Al final de la tarde, decidimos dar una vuelta por la playa de Agua d’Alto y su arena oscura.
Fue a partir de un regalo de su amado que mi niña empezó a confeccionar unas impresionantes esculturas naturales. Todas las fotos y obras de arte que vamos a descubrir a continuación son de su dulce mano, con un toque de corazón mágico. ¡A disfrutar!
Nuestra primera gran aventura iba a ubicarse en uno de los parages más turísticos y imprescindible de la isla. Si no vas a Lagoas das sete cidades, no has visto las Azores.
Para ir, se cruza gran parte de la isla, con un paisaje impresionante por ambos lados de la carretera. Nos paramos en una antigua levada totalmente cubierta por la vegetación, un espectáculo realmente conmovedor, con foto de la family al completo: mi niña flor, Chispi, monsieur le Txema y el Chuxo.
La seriedad no duró mucho y después de una sesión fotográfica de mi bella, el asunto se nos fue un poco de las manos.
Llegamos a Lagoas das sete cidades donde lo complicado era aparcar. Pero lo conseguimos. Después, nos escabullimos por un atajo buscando un poco más de tranquilidad, pero casi nos perdimos en medio del fango (ver la alegría del Chuxo al ver salir ilesa a su bella dulcinea).
Una vez arriba, la vista es sencillamente descomunal, con mi niña mariposa a punto de emprender el vuelo.
No volvimos por el mismo camino ya que monsieur le Txema no quería mezclarse con los turistas (el muy turista). Nos fuimos por el único sendero que nadie se atrevía a coger… Después entendimos el porque.
Llegamos hasta la carretera bastante lejos del coche después de una pequeña odisea silvestre, lo que nos permitió disfrutar aún más de las fantásticas panorámicas durante el camino de vuelta.
Nos paramos a comer nuestros bocadillo en un merendero solitario acompañados por toda una legión de pajaritos que se atrevían a venir a por las migas de pan que tirábamos al aire.
Después nos fuimos hasta Ponta da Ferraria y sus famosos acantilados afilados como sables de combate.
Sabíamos que había una poza de agua caliente no muy lejos, así que nos tiramos al agua sin pensárnoslo ni un segundo. Cabe decir que el oleaje era flipante, con contraste entre al agua cálida de la poza y la fría que venía del océano.
Después, contemplación del infinito y de sus interminables olas del tiempo.
Nos fuimos hasta el faro ya que monsieur le Txema es un fanático. Estaba muy lejos pero valió la pena. Además había gaviotas, de lujo total.
De vuelta, nos paramos entre el Lagoa verde y el Lagoa azul, cerca del pueblo de Sete cidades un espectáculo de lo más curioso. Nos tomamos unos pasteles y unas infusiones en el pueblo ya que mi niña caminadora tenía la patita dolorida.
Saludamos a la vaca, una anfitriona fantástica y nos fuimos a dar un leve paseo por las orillas del lago verde.
Había patos y todo tipo de animalacos voladores, un placer para el señor Chuxo, gran amigo de los animales.
Como mi bella caminaba sin refunfuñar, aprovechamos para ir hasta el final de la pista.
Después, en lugar de dar marcha atrás, todo el equipo decidió seguir adelante por un pequeño sendero muy frondoso que parecía dar la vuelta al lago.
Subimos, bajamos, volvimos a subir, escalamos, trepamos, saltamos, con mi niña exploradora que se había olvidado de su dolor y que abría el camino como una verdadera fiera de la selva.
Caminamos sin parar, descubriendo una flora inextricable con un poder de belleza increíble.
Más caminábamos, más el sendero se volvía silvestre (como el gato del mismo nombre).
Llegamos al otro lado del lago justo antes de que el sol desapareciera entre las montañas.
Saludamos a la vaca que pedía el boleto de salida, a los patos que no nos hacía ningún caso y, hechos polvos de estrellas, volvimos por fin a casita y a nuestro bar del pueblo para calentarnos el paladar con un poco de Oporto del bueno.