martes, 10 de diciembre de 2019

Primeros días en las Azores, Agua d’Alto, Vila Franca do Campo, Ponta Delgada y el lagoa das Furnas, septiembre de 2019.

A nuestra llegada a la isla, mi niña conductora se fue a buscar el coche de alquiler y nos llevó a nuestra fabulosa casa situada en Aguas d’Alto. Después de hacernos con el lugar, nos fuimos a comer a un restaurante de Vila Franca do Campo donde mi bella volvió a caerse al salir del coche.

¡Tengo a una niña saltadora, muy saltadora! Pero cae y muerde cuando duerme.

Después de la siesta, nos fuimos a ver nuestra isla desde Vila Franco do Campo. Los señores Txema y Chuxo se perdieron, pero fueron salvados por sus respectivas dulcineas, verdaderos GPS humanoídes. En cuanto a Chispi, quería llegar a la isla nadando, pero la disuadimos con buenas palabras, aunque monsieur le Txema se quedó un tanto dubitativo.






Al día siguiente, nos fuimos de compras, pasando por el fabuloso mercado cubierto de Ponta Delgada, donde el señor Chuxo se compró bellísimas figuritas de madera. Flipamos en colores por la calidad, el surtido y los precios de la pescadería donde compramos algo en cada puesto.










Después, mi niña cocinera nos preparó unos pescados al horno de lujo total. Comimos en nuestra increíble terraza donde mi sirenita de alta mar, tumbada en la hamaca, tomó el sol que había salido de su escondite.




Al día siguiente, el temporal se había vuelto revoltoso, con mucho viento. Aún así, intentamos dar un paseo por los campos cercanos de Agua d’Alto. Fue una vueltecita corta ya que el tiempo no nos permitió descubrir mucho más.






Por la tarde nos lo tomamos más en serio y nos fuimos a dar una larga caminata alrededor del Lagoa das Furnas. Lo primero que destaca, además del bello lago, es la oscura ermita Nossa Senhora das Vitorias reflejándose en las apacibles aguas verdes.






El señor chuxo encontró su trono vegetal en medio del bosque y se hizo amigo de un animal ladrador de mucho cuidado.







En cuanto al sendero, una maravilla de contrastes increíbles nos esperaba a lo largo del camino. Nos adentramos un poco en la jungla para admirar unos árboles monumentales cuyas cimas parecían perderse hacia el cielo.















Seguimos con nuestra caminata hasta el columpio de los gatos chamuscados, donde mi bella niña y la señora Chispi se hicieron con el lugar. Cabe decir que el balanceo suele templar a las féminas. No todos lo saben, por eso lo digo, que siempre puede venir bien.







El sendero da la vuelta completa del lago y sus caminos secretos son numerosos. Las orillas también esconden sus sorpresas, aunque no hay que pararse demasiado para contemplar sus belleza bajo el riesgo de quedarse petrificado y más tieso que un arbusto.























Hay mucho que ver y pensar por estos parajes, hasta los patos te pueden contar cuentos.



Pasamos por las famosas Caldeiras das Furnas que huelen a huevo podrido, lo que, de paso, te permite tirar pedos sin incordiar al personal.




El final de la vuelta discurre al lado de la carretera y ofrece vistas espectaculares del lago y de los chalets que lo rodean. Monsieur le Txema nos hizo una fiesta al ver que el parking donde habíamos dejado el coche se había quedado con el portal abierto, el servicio siendo gratis a partir de las 19.30, ahorro que gastamos enseguida en el bar del pueblo minutos más tarde.









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