Los vimos absolutamente a todos, primos y primas, nietos y nietas, bisnietos y bisnietas, tíos y tías, suegros y suegras, yernos y nueras, cuñados y cuñadas y algún que otro gato, todos por arriba, por abajo, comiendo, cantando o bien charlando. No faltó de nada y brindamos por la vida como adolescentes eternos.
Paseamos bajo las sombras de los campanarios, saludamos cerdos Ibéricos de los buenos, los tres Mosqueteros nos brindaron su inefable presencia y los corazones vibraron al unísono por tanto reírnos.
Más vino, más recuerdos, más sonrisas y de nuevo más comida.
Nos fuimos más encantados que aquel castillo pero no más ligeros que las nubes, pero bien decididos a volver muy pronto.




































































