Con el vertigo que suelo llevar en el cuerpo, sabía que me iba a costar esta ruta. Como a mi niña le hacía mucha ilusión, fuimos más valientes que los tres mosqueteros y, aunque sólo estábamos nosotros dos, emprendimos el camino con paso firme y mirada altiva.
Es cierto que el paisaje es realmente impresionante, con un camino a flanco de montaña que, a veces, parece dar hacia la nada.
Hacía calor y el sendero no parecía tener fin. Mi niña flor, mariposas de mis montañas, andaba más fiera que la brisa. En cuanto al señor Chuxo, parecía descomponerse a cada paso.
El buen animal siguió caminando hasta que vio el panorama que le esperaba, con el sendero cada vez más empinado y que transcurría en un sinsentido de curvas diabólicamente abarrancadas.
A partir de este momento, no queda constancia fotográfica. El bueno del Chuxo huyo camino de vuelta ladrando como mil demonios a la vez. Es medio muerto que su dulcinea lo recuperó en un bar de la carretera, amorfo y agónico como él solo.

















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