Al levantarse, mi bella revoloteó hasta el balcón de la casa de la tía para llenarse los pulmones del buen aire fresco que nos ofrecía la mañana.
Después de un buen desayuno, nos fuimos a dar un paseo por el mercadillo del domingo, el más colorido de la semana.
Al principio, el señor Chuxo buscaba a su dulcinea que se había escapado entre el bullicio de los compradores matutinos.
¿Dónde… dónde está mi niña?
¡Ya la he visto, justo al lado del vendedor de pates y de “foie gras”!
En el mercadillo se vende de todo, sí, incluso animales de plumas y de pelo raso. El Chuxo habló con un conejo algo atrevido, pero se enfadó con una gallina demasiado pretenciosa.
Mmmmmmmm, cuantas buenas cosas que el Chuxín se llevaría a casa para el almuerzo.
Entre salchichones, pates y quesos, todos artesanales, las frutas del mar se abrían con alegría al sol naciente.
Después, nos fuimos a ver la especie de nave “espacial” que, cada noche, intenta jugar con las estrellas.
Seguimos nuestra exploración hasta el parque donde mi dulce mariposa se escapó de nuevo, revoloteando entre las flores en busca de una brisa musical.
Me llamó el general y tuvimos que viajar en el tiempo para presentar nuestros respeto a los valientes.
Después, volvimos tranquilamente a casa paseando como enamorados, dando un último paseo cerca de la Dordogne para despedirnos de nuestras dos semanas de vacaciones con la tía Christine que nos esperaba “Martini” en mano.
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