Aparcamos en el pueblo de Manuel para enseguida tomarnos un cafetín en un pequeño bar antes de emprender una ruta que iba a ser realmente bastante larga.
Al salir del pueblo, cruzamos el río pasando delante del polideportivo hasta llegar a la Torre del pescador loco.
Pasado el puente que delimita la parte urbana de la silvestre, entramos directamente el los mágicos Bosques de las Salines, unos parages realmente peculiares constituidos de un laberinto de senderos que pusieron a prueba la destreza de mi niña trazadora de rutas.
Es cierto que la primera parte de la ruta fue extremadamente enrevesada, bajando y subiendo por caminos de tierra seca, siempre en medio de varios bosques de pinos que parecían extenderse hasta el infinito.
Apenas habíamos subido que teníamos que volver a bajar para volver a emprender de nuevo la ascensión de una nueva y árida cumbre hasta llegar, por fin, a una pista forestal que parecía extenderse paulatinamente.
Cruzamos grandes campos de naranjos hasta llegar a un frondoso bosque situado en las inmediaciones de la ermita de Santa Ana que habíamos vislumbrado a lo lejos desde el principio de nuestro periplo… varias hora antes. Allí nos paramos para comer nuestros fantásticos bocadillos de tortilla de patata hechos con amor y cariño por mi niña de los bosques encantados.
A continuación emprendimos la larga ascensión que nos llevó directamente hasta dicha ermita, topándonos con una serpiente que vigilaba el camino, dejando solamente pasar a la gente de Bien. De hecho pasamos sin problema, como tenía que ser.
Desde lejos la ermita de Santa Ana nos parecía un fortín inexpugnable, pero la verdad es que no es para tanto. Eso sí, las vistas desde el olivo que domina toda la comarca vale con creces el largo camino para llegar hasta él.
Después, de nuevo bajadas y subidas, pero un poquitín más leves. Menos mal porque empezaba a escasear el agua y las numeras horas de camino empezaban a hacerse notar un poco.
El señor chuxo aprovechó de esta leve bajada de ritmo para hacer unas cuantas fotos de las suyas, unos con su chuxinita amada, otras sin ella pero con su espíritu silvestre que transciende hasta en la película (¡toma ya!).
Volvimos hasta los parajes de Las Salinas, con varias zonas de ocio y otras más didácticas donde el señor chuxo siguió con fotos más artísticas, incluidas las del polideportivo que no tienen desperdicio alguno.
Al volver al pueblo, nos sentamos en una terraza para tomarnos unas cervezas acompañadas por los cacahuetes que no pueden faltar. A los pocos días cambió el tiempo y nos llovió casi un mes entero…



























































