El Parque Natural de Pagoeta significa literalmente, "lugar donde abundan las hayas”. Muy cerca de la frontera, emprendimos esta bellísima ruta cerca del Centro de Interpretación del parque situado a unos kilómetros de Zarautz y que alberga un magnífico jardín botánico donde es muy agradable perderse.
Después, la ruta sigue por una encantadora pista que cruza un frondoso bosque que nos dejo al abrigo del sol y del calor durante gran parte de nuestro periplo. Evidentemente, mi Niña flor, pétalo de mi vida, abría el camino con temple y encanto, iluminando de felicidad silvestre nuestro recorrido.
Después de un buen trecho caminando, llegamos a la ferrería de Agorregi, aún de pie desde el siglo XV, el lugar idóneo para hacer un breve descanso además de unas cuantas fotos cerca de su molino de agua, de sus numerosas cascadas, puentecitos y casetas de piedra de talla. Allí, mi niña campestre se hizo amiga de un pequeño animalito mágico del bosque que se dejó acariciar el pellejo con ganas y entusiasmo animal.
A continuación fueron todo subidas y bajadas por un majestuoso templo boscoso y extremadamente silencioso. Cruzamos riachuelos encantados, pórticos embrujados… en cuanto a las hayas, desplegaban sus hermosos follajes hasta muy alto, casi tocando el cielo.
Evidentemente, nos topamos con los “habituados” de aquellas tierras: setas efímeras, insectos plateados, vacas curiosas y ovejas transhumante escondidas en sus granjas antidiluvianas.
Una vez llegados a una cierta altura, pudimos contemplar a ratos parte del gran parque, con sus altas colinas y sus preciosos claros olvidados entre tanta espesura.
Seguimos a muy buen paso, porque los Chuxines son unos caminantes profesionales como no los hay, pero no sólo caminan sino que también observan y olfatean aquellos aromas ofrecidos a los cuatro vientos.
Una pequeña cruz silvestre estaba custodiada por un pottoka, uno de aquellos fieros caballitos vascos aún más nerviosos que mi niña de los montes. Pero nos dejo pasar sin rechistar, aunque nos siguió vigilando hasta que desaparecimos a buena distancia.
Aquella ruta es todo una arboleda infinita, así que seguimos dando una impresionante vuelta hasta llegar al bosque de nuestra partida. Pero aún había que caminar sin descanso para acabar nuestro recorrido.
Al final del camino, vimos una serpiente diminuta que nos susurró que, por fin, estábamos muy cerca del punto final de nuestra larga caminata. Y así fue. Saltamos de alegría, dimos las gracias al bosque y a sus invisibles habitantes por tan agradable paseo y nos despedimos antes de volver a nuestro Nido de verano.









































































