Para empezar con buen pie nuestras vacaciones de verano, decidimos visitar Saint-Émilion haciendo la gran vuelta por los viñedos desde el camping “Yelloh Village” donde teníamos nuestro “Nido Bordelais”. Hay que recalcar que es una ruta sin complicaciones pero de gran belleza.
El día había salido bastante nublado y decidimos aprovechar la falta de sol para disfrutar de un largo paseo cultural. Con mi niña flor capitaneando la expedición, emprendimos nuestro itinerario con ganas y entusiasmo.
Desde los viñedos, las vistas hacia el lejano horizonte se transformaron en una continua poesía campestre donde el cielo jugaba sin reparo con una tierra fértil en hermosuras.
La ruta nos hizo cruzar las tierras de varios castillos, franqueando con timidez las rejas de uno de ellos.
Es al salir de un recoveco que surgió el pequeño pueblo de Saint-Émilion que parecía esperar nuestra visita anual. Es sin duda alguna la aldea que más hemos visitado de todas las que conocemos. Es que cuando paseas por sus estrechas calles por primera vez, quedas embrujado para siempre.
Cruzamos el umbral de la ciudad por su puerta más desconocida, la que está encaramada a la colina y donde se puede contemplar hasta el infinito las ricas tierras de la Gironde.
Una vez en el corazón del pueblo, sólo hay que dejarse guiar por la buena fortuna que siempre nos ha hecho descubrir nuevos tesoros que habíamos sido incapaz de advertir durante nuestras numerosas visitas precedentes.
Emprendimos el camino de vuelta envueltos por las campanadas de la Grande flèche que lo predomina todo y que nos dio el saludo que nos merecíamos
Besamos a la musa de la suerte para que nos dé amor y bonanza durante el resto de nuestras largas vacaciones.
Volvimos a cruzar los viñedos sin dar tantos rodeos, el día llegaba a su fin y una buena picada nos esperaba en nuestro cálido nido.














































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