jueves, 10 de agosto de 2023

Escapada florida a Saint Cirq Lapopie, Périgord noir, junio de 2023

Para nuestro último día en el Périgord noir, nos fuimos a visitar el famoso pueblo medieval de Saint Cirq Lapopie, maravilla entre las maravillas. Como había bastante trayecto en coche, decidimos tomárnoslo con muchísima tranquilidad, disfrutando de una larga y agradable jornada nublada.

 

Nos paramos en Gourdon, un pueblo a mitad camino, para tomar un buen café y probar aquellos famosos cruasanes franceses. Aprovechamos la ocasión para visitar el casco antiguo de la ciudad, desertado a estas tempranas horas de la mañana.








Como era el señor Chuxo que conducía, era obvio que se iba a equivocar de camino en un momento dado. Es justamente lo que pasó, el buen hombre se metió por un camino sin salida y acabamos en una aldea totalmente perdida, Saint Martin de Vers, que decidimos visitar sin pensárnoslo dos veces ya que  había muy buena vibra.




Es cierto que cuando un lugar es mágico, lo es en toda su plenitud. Disfrutamos del dulce silencio esparcido por sus frondosas callejuelas, de la humedad del musgo que siempre te invita a acariciarlo y del bullicio inconfundible de la soledad en todo su esplendor.



Los caminos nos llevaron hasta la iglesia, totalmente abandonada y abierta a los cuatro vientos, refugio de milenarias telarañas tejidas en épocas antidivulianas. Lo más increíble de todo era que, a pesar del deterioro causado por el tiempo, subsistían los frescos originales que daban todo su esplendor a la bóveda celeste, reino de los ángeles y de los gorriones glotones.











Nos despedimos del guardián de la aldea que nos vigilaba desde las alturas de su alta torre donde podía verlo todo sin ser visto por nadie (casi). Prometimos volver a visitarle, aunque dudo que nos haya creído del todo. Por lo menos, se despidió con un suave maullido. 







De paso por la carretera, otros pueblos nos llamaron la atención, pero el tiempo, por desgracia, pasa sin darte ni un segundo de respiro.



Y es así que, poco a poco, conseguimos llegar hasta Saint Cirq Lapopie, una joya vigilando gran parte de la comarca desde las alturas. El parking está situado a las afueras, lo que es una suerte porque se ven unas increíbles vistas del pueblo desde el sendero de acceso situado a un buen kilometro.

 





En cuanto al pueblo en sí, es realmente encantador y extremadamente bien conservado, con su entramado de callejuelas medievales que te dan la impresión que puedes viajar hacia tiempos remotos.






Con mi bella niña luminosa a mi lado, imposible perderse los preciosos rincones floridos esparcidos por todo el pueblo. Dimos aleteos de flores en flores, buscando el verdadero néctar de está preciosa aldea.






Dimos vueltas y revueltas, disfrutando del frescor y de la simple belleza ofrecida, con mi dulcinea revoloteando entre castillos floridos. Por fin, salió el sol, iluminando las suaves nubes que nos habían acompañado hasta entonces.










Sí, es un pueblo muy turístico, con muchos restaurantes que nos recordaron que aún no habíamos comido desde el desayuno. Así que damos una muy buena vuelta antes de decidirnos a quedarnos en el Cantou, unos de los mejores restaurantes escondido al final del pueblo, y que nos propuso un verdadero festín de colores y sabores. Es que los chuxines son así, les gustan vivir y disfrutar de cualquier momento culinario, sea el que sea (con una predilección por parte del buen chuxo por los postres).



Nos visito el señor gorrión que nos cantó una serenata de las suyas, sinfonía de pitidos y silbidos sutiles y encantadores.






Después visitamos los talleres de los artesanos locales, que hay muchos y de los buenos. El chuxo volvió la mar de contento con su palito para la miel, regalo de su niña luminosa, amor eterno de su vida.