miércoles, 25 de marzo de 2015

Cincuenta tacos, Sollana, enero 2015.

Hacía frío y la mañana se alargaba demasiado perezosamente, así que decidimos irnos a picar algo al bar de la plaza del pueblo, un sitio altamente recomendado para cualquier alma cándida. 

Lo que no sabía es que era una trampa astutamente urdida por mi dulcinea. Una vez llegados al susodicho sitio, toda una tropa salvaje me estaba esperando para que lo que tenía que cumplirse se cumpliera a lo grande.




Rápidamente, me hice con unas cañas y empezó una sorprendente fiesta sorpresa donde perdí la noción de mis facultades al mismo tiempo que mi querido peluquín, animal salvaje como ya no los hay.  






Aluciné en colores al ver el pastel de mis cincuenta tacos, una obra de arte comestible en forma de mis dos mejores libros. Me lo comí todo, cubierta, lomo y páginas incluidas… no quedó ni las velas.






Después de los regalos, se desmoronó del todo el espacio temporal y empezaron las alucinaciones marcianas. Creo que me transformé en sirena porque al final del día aún me quedaban escamas en la colita.




Me besó mi bella y la vida se transformó en un baile psicodélico de los buenos muy buenos, de los que cuentan en una vida. De hecho, ni me acuerdo de la resaca del día siguiente.





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miércoles, 11 de marzo de 2015

Un finde en Albarracín, octubre 2014.

Llegamos al final de la tarde, la mejor hora para dar un largo paseo de enamorados por el complejo entresijo de calles que componen el casco antiguo de la ciudad.









Lo increíble de Albarracín es que hay tanto que ver tanto arriba como por abajo, sobre todo cuando los largos rayos del fin del día iluminan cada unos de los rincones bañados de fuego, jugando al escondite con claroscuros que se mueven hacia el crepúsculo de su lento recorrido.













En cuanto llegó la noche, mi bella se transformó en una niña flor, iluminando con su sonrisa el viejo corazón de la ciudad, dejando al silencio mudo por tanta dulzura.











Al día siguiente, el tiempo había cambiado por completo. Teníamos previsto una excursión mucho más larga, pero sólo pudimos maravillarnos de la famosa "Cascada Batida" antes de que las nubes que amenazaban decidieran hacer de las suyas, obligándonos a dar vuelta atrás antes de quedar más mojados que ranitas saltarinas.






En cuanto a mi bella de las flores, descubrió un campo de setas mágicas que se escaparon hacía otros parajes menos concurridos al llegar el diluvio, lo que nos obligó a volver al "Caserón de la Fuente" donde el tiempo se transformó en cariño.




Llegado el día siguiente, conseguimos pasar el "Puerto del Cubillo", de nuevo bajo las nubes, pero decidimos tentar nuestra suerte intentando llegar hasta el nacimiento del río Júcar. Antes, decidimos dar una vuelta por un pequeño sendero donde, según la leyenda, se podía viajar en el tiempo admirando una cascada de agua más cristalina que el firmamento.






Descubrimos la "Cascada del molino de la virgen" totalmente impresionados por su inocente belleza. Es allí que ofrecí de nuevo mi corazón a mi dulcinea, reina de las suaves caricias de mi alma. La pureza del lugar nos conmocionó tanto que se grabó para siempre como uno de los lugares más mágicos que  descubrimos juntos.






Después, intentamos seguir hacía el nacimiento del río Júcar, pero unas cabras traviesas nos indicaron un camino erróneo que nos hizo dar vueltas como tontos de las praderas.





Finalmente, decidimos irnos hasta nuestra meta del día, el nacimiento del río Cuervo, unos parajes muy concurridos por la belleza de sus cascadas. Se me escapó mi bella, pero volví a encontrarla justo entre el sol y la luna, que es donde el amor se ilumina para siempre.








Escapamos de la multitud por un pequeño sendero solitario que se perdía por el bosque. Después de huir de la caverna de las "Caquitas", lugar de desenfado de los gnomos solitarios, descubrimos todo un campo de setas de todos los colores, formas y sabores.








Mi niña no paró de dar saltos hasta conseguir espantarlas a todas. Esta niña, princesa de los bosques, es muy amiga de las setas, champiñones, trufas y honguitos furtivos.









Antes de despedirnos de nuestros amigos silvestres, dimos un beso a la nubes, al cielo y al infinito.



De vuelta a Albarracín, decidimos dar un paseo por un sendero que discurre alrededor de la ciudad medieval, rodeada por las efímeras catedrales del cielo.












Dicho camino sigue el curso del río, que cambiaba de color a cada mirada, despertando las sonrisas de mi pequeña niña terremoto, feliz de estar de vuelta entre las hadas del bosque.










Se vuelve a la ciudad por el lado opuesto, donde dimos punto final al día con un dulce beso de despedida. Por la noche, después de una copa de néctar de flores en el salón del tranquilo caserón, el señor Chuxo, totalmente agotado, ni movía la colita.










A la mañana siguiente, justo antes de nuestra partida, decidimos subir hasta el "Camino del Pinar", un salvaje territorio constituido por impresionantes formaciones rocosas talladas por el viento, maestro de lo invisible.






Es allí que mi niña se hizo amiga del "Gran Chucho de piedra", un colosal animal muy poco ladrador.






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