Hacía frío y la mañana se alargaba demasiado perezosamente, así que decidimos irnos a picar algo al bar de la plaza del pueblo, un sitio altamente recomendado para cualquier alma cándida.
Lo que no sabía es que era una trampa astutamente urdida por mi dulcinea. Una vez llegados al susodicho sitio, toda una tropa salvaje me estaba esperando para que lo que tenía que cumplirse se cumpliera a lo grande.
Rápidamente, me hice con unas cañas y empezó una sorprendente fiesta sorpresa donde perdí la noción de mis facultades al mismo tiempo que mi querido peluquín, animal salvaje como ya no los hay.
Aluciné en colores al ver el pastel de mis cincuenta tacos, una obra de arte comestible en forma de mis dos mejores libros. Me lo comí todo, cubierta, lomo y páginas incluidas… no quedó ni las velas.
Después de los regalos, se desmoronó del todo el espacio temporal y empezaron las alucinaciones marcianas. Creo que me transformé en sirena porque al final del día aún me quedaban escamas en la colita.
Me besó mi bella y la vida se transformó en un baile psicodélico de los buenos muy buenos, de los que cuentan en una vida. De hecho, ni me acuerdo de la resaca del día siguiente.
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