martes, 27 de febrero de 2024

La vuelta del Equipo A incógnito en la ruta de los puente colgante, Chulilla, enero de 2024.

El famoso Equipo A está de vuelta, preparado para la aventura y todo lo que cuelga. Misión en Chulilla, una chulada de puentes más colgantes que las preciosidades de Monsieur le Txema, alma cándida de la banda reunida al completo.


La última vez que fuimos por aquellos parajes, la civilización no había conseguido llegar hasta allí. Ahora hay que pagar el parking y la entrada de la senda custodiada por militares armados hasta los calzoncillos. Pero la vista y lo que cuelga después vale la pena, os lo aseguro.




Lo curioso es que cuando era gratis, no había ni Dios y ahora que hay que pagar, parece la fila de espera de un aeropuerto en huelga. En fin, teníamos cazalla en las cantimploras, explosivos en la mochilas y abrimos el camino como toca. ¡Cojones, el Equipo A lo puede todo! 






La bajada hasta los puentes es preciosa a la vez que espectacular. Nadie se cayó y no tuvimos nada de faena de rescate. Por una vez que todo sale bien, no vamos a empezar a quejarnos.





Hicimos un montón de fotos para inmortalizar el poderío del Equipo A. De todas maneras, nadie lo va a hacer por nosotros, además somos tan guapos que sobran los comentarios.









La caminata es de broma. Aquí estuvimos de turistas. Pero ojo, lo hacemos aposta para pasar desapercibidos en medio del gentío que no sabe la suerte que han tenido al cruzar nuestro camino.








Nos paramos a almorzar no para retomar fuerzas sino para hacer acto de presencia placentera. El Equipo A puede abstenerse de comer durante más de una semana (mientas haya cazalla en el botiquín de socorro).



Después vuelta atrás a marcha forzada estilo legionario para confundir al enemigo hasta las Hoces del Turia, el mejor restaurante de Chulilla, para celebrar el cumple del Señor Chuxo, gran ladrador de la vida y rastreador impenitente como no los hay.





Nos pusimos como el Quico, tanto, que ni el Quico nos reconoció. Fue un gran momento de emociones y de ladridos, dejando fluir la sagrada esencia del Equipo A, indestructible mientras hay vino en las copa y alegría en las almas. Monsieur le Txema se quedó un tanto dubitativo, pero él es así, dubitativo aunque no haya nada por dublitacionar (no busquéis, no está en el diccionario).












Quatretonda, senda del Molló, Valencia, enero de 2024.

Para esta ruta, los chuxines habían decidido darle bastante caña, casi 20 kilómetros de caminata por senderos y pistas por una zona totalmente desconocida para nosotros. Nos levantamos pronto para llegar temprano, justo después del despertar de las gallinas y del almuerzo de los campesinos.


La ruta empieza en medio de una zona de chalets cerca de Quatretonda que dejamos atrás siguiendo un camino que nos llevo hacia cierta altura y donde pudimos vislumbrar gran parte del paisaje circundante. Después seguimos por varias sendas en un sin fin de pequeñas subidas y bajadas pobladas por pequeños bosques de pinos y matorrales.






Nos topamos con un árbol musical que nos susurro una dulce melodía y seguimos a buen paso por varias zonas bastante agrestes y muy bonitas, aunque la falta de lluvia se notaba de manera un tanto persistente.





Avanzamos muy hacia adentro de aquellas tierras formadas por una multitud de colinas y barrancos bañados por un sol despiadado donde descubrimos numerosos corrales arrasados por el paso del tiempo.










En cuanto a mi niña trepadora, husmeaba el aire en busca del buen camino. Es una profesional y con mi bella al mando, imposible perder el Norte. Hasta trepó hacia las cimas de un inmenso árbol para reubicarnos ya que dicho Norte se había vuelto un poquito al Sur.





Parte del camino estaba repleto de fósiles incrustados en las rocas, muestras del paso del tiempo que siempre deja unas cuantas huellas para señalar su largo periplo hacia el infinito.





Nos paramos a comer a medio camino cerca de las ruinas de la Caseta del Tío Honorio. Un bocadillín, una fruta, un besito y a caminar como chuxines indestructibles.




Llegamos a la preciosa fuente de la Cava de la Falaguera, bellísima y silenciosa, felices por encontrar un poco de frescor en medio de tanta aridez. Pasamos cerca de las Penyes de la Mola, impresionante promontorio rocoso que domina gran parte de los bosques.





Después, bajamos tranquilamente hasta el albergue Casa de la Bastida y seguimos caminando por un interminable sendero bastante salvaje, refugio de varios pastores cuyas vacas se escondían del sol en medio de un desierto de matorrales y espinosos pocos amistosos.






Dimos una larga vuelta hasta volver, por fin, hacia el camino que nos iba a llevar hasta nuestro punto de partida, con las patitas un tanto machacadas pero con el corazón airado y feliz por haber descubierto nuevas y bellas sendas desconocidas.