lunes, 20 de agosto de 2012

Saint Émilion, agosto 2011


Saint Émilion, un paseo bajo la mirada de Bacus, el santo bebedor.

Antes de despedirnos del Entre-deux-mer, teníamos que visitar de nuevo Saint Émilion, un magnifico pueblo medieval muy conocido por la excelencia de sus vinos. 

Nuestros largos paseos del año pasado nos habían hecho descubrir un entramado laberinto de calles pavimentadas que nos dejó a los dos totalmente maravillados. 

Curioseando en unas tiendas, unos peregrinos nos comentaron la existencia de unas oscuras bodegas subterráneas... dejándonos con las ganas de volver en un futuro viaje. Ahora que habíamos vuelto, no nos podíamos perder tales maravillas escondidas de la luz del sol.

Allí abajo nos esperaba otro mundo bien distinto del que nos habíamos imaginado.










Las fotos hablan por si solas, sólo les falta el tacto de esta humedad ancestral que perdura allí abajo desde tiempos remotos. Imposible perderse en estos profundos túneles, la mayor parte antiguas canteras de piedras con las que se construyeron casi todos los edificios emblemáticos del pueblo. Y en la oscuridad, aguardando tranquilamente el paso del tiempo, estaba el vino, el néctar de los dioses.












Una vez de vuelta a la superficie, el brutal contraste de las viñas a punto de dar a luz, nos dio a entender algunos de los secretos de estas tranquilas tierras donde aún perdura una sabiduría ancestral.





martes, 14 de agosto de 2012

Cadillac, agosto 2011


Cadillac, Bastide en Entre-deux-mers.

De nuevo un antiguo pueblo fortificado, arquitectura sobreviviente de la edad media con dos bellas puertas para acoger debidamente  al peregrino curioso. La iglesia es evidentemente posterior y de estilo gótico mientras que el castillo del pueblo fue erigido durante el siglo XVII. Entre las murallas, mi bella se confunde con las flores y nos regala su más precios sonrisa.





En el siglo XIX, el castillo fue transformado en prisión para mujeres. Curioso contraste de un palacio transformado en infierno. Detrás de los paneles cerrados de sus ventanas... la libertad.








Para despedirnos del pueblo, se sale por la "Porte de l'Horloge", imponente recuerdo que casi toca el cielo.


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Hay un animal que me mira de reojo. Lo he visto, lo he reconocido. ¡Es él!


lunes, 6 de agosto de 2012

Sainte Croix du Mont, Verdelais y Sauveterre, agosto 2011


Sainte Croix du Mont, Verdelais y Sauveterre, un paseo entre recuerdos y buen vino.

Apenas llegado a la cima de la pequeña colina de Sainte Croix du Mont que tuvimos el gran privilegio de ser recibido por el gallo del pueblo en persona, un animal de mucho carácter y con un esfínter de acero. 

En la iglesia, me topé con mi viejo amigo, el mismísimo perro de San Roque. No me lo podía creer! Y aunque muchos digan lo contrario, el buen chucho sí que conserva su precioso rabo. 

Que se sepa!








Bajo el gran árbol que da sombra al silencioso castillo, hicimos una increíble cosecha de marrones...  ¡Incrédulos de nosotros! Nos dijeron después que no eran comestible. Pero mi niña no se dio por vencida e hicimos unos cuantos a la plancha para probar. Y era verdad... no eran nada comestibles.




Llegamos a Verdelais por la parte baja del pueblo que, aparte de su imponente iglesia vigilada por su bella virgen celestial, no ofrece mucho más al peregrino sabueso. 









Eso sí, sus vidrieras son impresionantes. Me tome dos cañas para estar seguro de que los santos no se movían.



Sauveterre. El nombre ya me gusta desde siempre. Es potente y representa la esencia de este pequeño pueblo antiguamente fortificado. De hecho, fuimos hasta allí en bici, más de cuatro horas de paseo, ida y vuelta, bajo un sol sin piedad ninguna. Hay que saber que la antigua vía de ferrocarril transformada en carril bici es un verdadero paraíso por los enamorados de la "pequeña reina". El camino se hace más bello, casi menos duro y fue un placer compartirlo con mi dulcinea.

Al llegar, ni decir que nos tomamos un buen desayuno, sin olvidarnos de probar los famosos Canellé, pasteles de tez oscura, dulces y deliciosos.





Curiosamente, a la salida del pueblo, tuvimos que darle cuenta al guardia campestre del lugar, un hombre que se quedó de piedra nada más vernos llegar. Tuve que propinar unas cuantas caricias a su perro que nos miraba de reojo. En cuanto a la señora del buen hombre, parecía más guerrera que su apacible marido a quién tuvimos que regalar unos cuantos tragos de buen vino para poder volver a casa con el alma tranquila y el monedero más ligerito.