Dardenac, sueños abiertos al viento, del 16 de diciembre hasta el 4 de enero.
Como cada fin de año, mi vuelo me lleva de nuevo hacia caminos conocidos, hacia bellas y frías tierras de recuerdos, donde mi alma descansa de sus guerras, olvidándose por un momento de las batallas de la vida.
Si no se tiene cuidado, allí se puede llegar a olvidar hasta el olvido mismo.
Por eso vuelvo, con cada vez más entusiasmo, deseando perderme en estos senderos sin sorpresas, ricos de secretos sabidos.
Como cada fin de año, mi vuelo me lleva de nuevo hacia caminos conocidos, hacia bellas y frías tierras de recuerdos, donde mi alma descansa de sus guerras, olvidándose por un momento de las batallas de la vida.
Si no se tiene cuidado, allí se puede llegar a olvidar hasta el olvido mismo.
Por eso vuelvo, con cada vez más entusiasmo, deseando perderme en estos senderos sin sorpresas, ricos de secretos sabidos.
El viejo castillo aguarda los rigores del tiempo. Inquebrantables, sus piedras pueden llegar a contarnos antiguas historias olvidadas. No se requiere mucho, sólo un poco de paciencia y un corazón gran abierto.
Mi rostro, siempre más arrugado, se queda maravillado por las mentiras del espejo mágico del cuento.
Así que si uno elige dejarse engañar por el cuentecito, por lo menos tiene el deber de disfrutar de sus colores.
La mesa yace vencida bajo los manjares de calidad. Los paladares se enorgullecen de sabores delicados mientras las almas, poco a poco, aflojan la guardia.
Me aventuro siempre lo más lejos posible, esperando encontrar algún lugar mágico que nunca supe descubrir...
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Noche de fiesta, noche de vida.

















