Ya se avecinaba unos días de mucho calor, así que nos fuimos hasta Cauterets para emprender esta ruta altamente recomendable. Nuestra meta inicial: llegar hasta el “Pont d’Espagne” por la majestuosa senda que sube siguiendo una multitud de saltos de agua impresionantes.
Mi bella niña flor, preparada para la ascensión, abría la marcha revoloteando de alegría silvestre.
La ruta es fácil, aunque sube casi sin tregua al abrigo del gran bosque que nos proporcionó durante horas su frescor milenario.
Imposible escapar de tantas maravillas esparcidas en cada recoveco del camino.
El señor chuxo, gran admirador de las rocas, saltaba de piedra en piedra, feliz como un gnomo minero.
Grandes templos naturales aguardaban al paso de los caminantes que saben descubrirlos, dejando el silencio intacto después de su paso.
El rio bajaba con una fuerza increíble, iluminando gracias a su ruidosa presencia aquellos parajes solitarios.
Tuvimos que pararnos numerosas veces para admirar las turbulentas aguas que dejaban un rastro de frescor en medio de un claro oscuro viviente.
Mi niña creyó haber visto a un “Elemental del agua”, uno de los antiguos Dioses que dominaban la tierra antes de que los hombres fuesen hombres.
Los grandes árboles nos indicaban el buen camino, observando el tumulto de las aguas con la contemplación que les corresponde. En cuanto a mi niña trepadora, intentó dominar a un gigante caído que no se movió ni un pelo… menos mal.
Seguimos subiendo, disfrutando de un espectáculo que nos dejo con las retinas impregnadas de grandes recuerdos.
Por fin llegamos al “Pont d’Espagne”, con sus parkings, sus restaurantes, sus telesillas y sus hordas de turistas. Lo cierto es que vale la pena subir hasta allí, a pie o bien en coche, el espectáculo vale la pena con creces.
El chuxo caminó un rato con su niña flor, domadora de mariposas de colores.
Fue una subida ardua y a pleno sol… y nos lamentamos más de una vez por no haber subido por los telesillas.
Pero el esfuerzo valió la pena, el lago parece dominar los montes, y aunque puede haber bastantes turistas, la grandeza de aquél lugar puede llegar a ser estremecedor.
Acto seguido, decidimos emprender el camino de vuelta. Y es cierto, se baja mucho más rápido que se sube. Volvimos a disfrutar de una senda realmente mágica disfrutando a cada paso de un sendero encantado.
Siempre delante, mi bella bajaba con templanza, dejando atrás el sutil recuerdo de su belleza.
Nos despedimos de los Dioses del agua y volvimos a Luz-Saint-Sauveur a descansar un rato. Pero nuestras aventuras no se habían acabado…
Como habíamos decidido hacer una comida-cena, nos fuimos pronto a un fantástico restaurante, Luz et Coutume, un sitio muy peculiar ya que también es un museo etnográfico con aperos de labranza, ropa antigua y utensilios diversos de los que se utilizaban en la región.
Elegimos el menu de la “Garbure”, que fue excepcional, servido y preparado a la antigua.
La señora que atiende el restaurante sola es encantadora y el recuerdo que nos llevamos de allí fue inolvidable, tanto humano como culinario. Volveremos, es seguro.
Para acabar con entusiasmo, nos fuimos al “Terminus”, nuestro bar predilecto, a tomarnos unos cuantos cócteles que nos hicimos ver fuegos artificiales una vez vueltos al camping.








































































































