Empezamos nuestra ruta en el mismísimo parking del pueblo de Gavarnie, emprendiendo la ruta justo después de la iglesia, cogiendo la dirección del Plateau de la Prade, un itinerario más completo y mucho menos transitado.
Evidentemente, mi niña trepadora abría el camino con las fuerzas renovadas. No hacía mucho calor y la brisa aún era bastante fresca y agradable. Además el principio del sendero discurría a la sombra de los grandes árboles que nos acompañaron hasta una cierta altura.
A lo lejos, imposible no vislumbrar la Gran cascada que, desde la distancia, imponía su magnificencia.
Después, evidentemente, hubo que subir un poco más hasta llegar a un altiplano verdoso, el famoso Plateau de la Prade, que baja poco a poco hasta la cascada de las “ Torettes”, escondida tras un pequeño recoveco.
El desvío hasta la cascada vale realmente la pena, bien lo sabe el Señor Chuxo a quien le encantan los caminos fluviales. Un pequeño aparte: se llama Señor Chuxo no porque tiene alguna apariencia canina o bien porque mueve la cola cuando está contento (que conste que también puede hacerlo), sino porque es un rastreador de primera y el protector incondicional de su bella de los montes, la susodicha niña mariposa.
Después empezamos a bajar por el sendero que llega hasta la Hostellerie que cruza un majestuoso bosque, pero decidimos dar marcha atrás y escoger un camino que discurría a flanco de montaña y donde pocos se atreven a elegir… Entendimos el porque después.
Todo el sendero discurre por una pedrera empinada a flanco de montaña, con un desnivel impresionante y unas placas de hielo bastantes resbaladizas y peligrosas que tuvimos que cruzar sí o sí. Aunque dichas proezas no son del gusto del Señor Chuxo, lo hizo sin pestañear, eso sí, con la colita entre las patas.
Después de un tramo bastante complicado, la cosa se calma bastante y la bajada sigue por un sendero bastante fácil y sin riesgo.
Por desgracia, una vez llegado abajo, las aguas se habían llevado el puente (¡me cago en la gran ostra!). Subimos hasta las cascadas del circo (bien nombrado por una vez) haciendo los payasos, cruzando un “No man’s land” de piedra para intentar pasar al otro lado de la orilla de los ríos de deshielo, pero nos fue imposible. Dimos vueltas por arriba y abajo como pulgas salvajes hasta decidirnos a cruzar los riachuelos por las malas ya que no había otra opción. Menos mal que el “Rastreador” encontró un paso practicable y menos peligroso para cruzar hacia la otra orilla. Dejamos aquí constancia de las proezas del Gran animal.
Una vez al otro lado, es con los zapatos mojados que emprendimos el camino hasta la imponente catedral de agua, meta obligatoria que uno no se puede perder bajo ninguna circunstancia bajo pena de crucificción.
Una vez debajo del gran charco, en medio del circo, nos quedamos a buena distancia de la cascada ya que sin la ropa adecuada, uno se queda mojado hasta los huesos.
Después, el camino de vuelta es un paseíto muy agradable. Cruzamos unas placas de hielo que no ofrecieron ninguna dificultad y llegamos hasta la Hostellerie donde nos tomamos los que seguramente fueron los “Perrier menta” más caro de la historia.
Para acabar, seguimos una pista forestal florida que nos dejo de nuevo en el pueblo, eso sí, con vistas hacia el valle y el circo impresionantes.
No quiero decir ninguna tontería, pero estuvimos caminando por lo menos unas 7 horas como mínimo, así que una vez en casita, al final de la tarde y de unos chapoteos en la piscina, nos fuimos a refrescar las ideas a nuestro bar predilecto, El Terminus, descansando como es debido y preparándonos para nuestra odisea del día siguiente.


































































No hay comentarios:
Publicar un comentario