viernes, 28 de noviembre de 2014

Libourne, Castelmoron d'Albret, Hourtin y Saint Émilion, agosto 2014.

Una vuelta esperada.

Al día siguiente de nuestra llegada a Libourne, decidimos tomárnoslo con muuuuucha calma, planeando nuestras próximas excursiones de la semana tranquilamente sentados en la mismísima plaza del ayuntamiento de la ciudad, disfrutando de la brisa y del buen tiempo que se avecinaba. 

Desde lo del famoso milagro de Roncesvalles, seguía desdoblándome de vez en cuando y sin control alguno, creando momentos de gran confusión y desconcierto.



Como mi tía Christine nos había contado que había intentado visitar el hermoso pueblo de Castelmoron d'Albret sin conseguir encontrarlo, decidimos llevarla hasta allí y así rememorarnos esta tranquila aldea, una de las más florida de Francia, que habíamos visitados años atrás.





No había cambiado casi nada desde nuestra última visita. El pueblo parecía aún más silvestre y encantador que nunca. Mi bella niña flor, pétalo de mi vida, desaparecía y reaparecía como por encanto, iluminando con su sonrisa cada uno de los rincones de esta silenciosa  aldehuela.









Disfrutamos los tres de este risueño paseo a la sombra de las floridas callejuelas que, poco a poco, nos llevaron hasta el antiguo lavadero situado en la parte baja del poblado, un lugar cautivador además de mágico.






Antes de volver a casa, nos tomamos unos refrescos en la única tienda del lugar, un bar bastante peculiar donde se pueden comprar antigüedades de lo más curiosas. Evidentemente, mi dulcinea no pudo resistir la tentación de dar la campanada, concluyendo el día con una chispa de alegría.


El día siguiente nos pilló la lluvia a medio camino de Hourtin, pueblo costero donde viven el Gran Antonio de la Vega y su fiera dulcinea, la encantadora Tina. De echo, nos equivocamos de camino y de pueblo, dando vueltas por la comarca con mi niña echando humo como un cosaco chamuscado. Pero después de llegar a buen puerto y tomar el "Apéro" de circunstancia, la atmósfera volvió a la normalidad. 



Después de una sabrosa comida, nos fuimos a pasear hasta el lago, el más grande de toda Galia, un lugar de referencia para veranear en familia, sobre todo cuando luce el sol. Antes de que fuese demasiado tarde, nos refugiamos en el pequeño puerto para escapar de la lluvia y acabar el día saboreando de nuevo néctares del terreno.







Como el sol era deslumbrante, decidimos dar una vuelta por la playa y despedirnos de la familia con efusivos abrazos. En cuanto al océano, era de humor tan furioso que hasta desprendía espuma, igual que mi dulcinea cuando se vuelve muy mordedora.




A la mañana siguiente, fuimos muy valientes despertándonos temprano para dar una vuelta por el pueblo que estaba complejamente cubierto por la niebla. Volutas fantasmales se desprendían de la Dordogne, el río que divide Libourne en dos, extendiéndose por las solitarias calles totalmente abandonadas al silencio. 






A la hora del "Apéro", santo momento como no los hay, la niebla no era más que un mero recuerdo. Tomamos un copioso aperitivo con sus debidas tapas confortablemente instalado cerca del pequeño balcón de la casa de la tía Christine quién nos había preparado una especialidad culinaria de la región, la famosa "Lamproie à la bordelaise". Esta exquisita receta es uno de mis platos favoritos , y no lo había vuelto a probar desde que tenía pelo. Después de haber disfrutado de los placeres de tan buena mesa, me quedé un rato en el balcón, planeando entre las nubes que se deslizaban entre mis sueños.






Por la tarde, nos fuimos a callejear a Saint Émilion, catedral del buen vino por excelencia. El día era realmente muy bueno y mi niña de los mil pétalos volvió a revoletear con alegría entre las viñas perfectamente alineadas alrededor de las laderas del pueblo.



Las calles debidamente pavimentadas de Saint Émilion son un verdadero laberinto medieval, muy turístico en pleno verano pero con mucho encanto. Visitamos una profunda y húmeda bodega, pasamos bajo puertas monumentales, dando vueltas alrededor de las fortificaciones, subiendo y bajando, visitando tiendas, mercaderes y pastelerías.









Como mi bella lucía un pendiente azul celeste, obsequio del guardián de su corazón, terminamos la visita bajando hacia los espectaculares viñedos cargados de uvas que confieren a toda la región su peculiar belleza.








El cielo se volvió turquesa, acunando el horizonte con un leve resplandor de color pastel, el momento perfecto para iluminar las sonrisas de mis dos musas.



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