jueves, 27 de agosto de 2015

Peñiscola y sus callejuelas misteriosas, abril 2015.

La alta fortaleza de la ciudad antigua predominaba un cielo nostálgico, premisa de una larga ascensión hasta "Dios está bien", el pequeño hostal donde nos íbamos a albergar. Una vez a salvo, la primera cosa que hicimos fue subir hasta la terraza para descubrir la lejana costa que discurría más allá del horizonte.



Después de la visita del pequeño faro, un periplo de subir y bajar callejuelas inmaculadas nos obligó a pararnos varias veces para darnos dulces besos y así recobrar algo de nuestras fuerzas gastadas.











Una vez llegados a las murallas que cercan el casco antiguo, el verdadero protagonista es el mar y su agradable brisa que consiguió florecer las luminosas sonrisas de mi dulce sirenita.






Quisimos tomar unas cañas en el "Chiringuito de Pepe", pero el buen hombre había cerrado el negocio para irse a un campeonato mundial de Espeto.




Antes de penetrar en la fortaleza, saludamos al "Papa Luna" que bendijo con un gesto amable nuestra entrada entre los muros del viejo castillo.




Una vez en el interior de la plaza fuerte, más escaleras, pasadizos, escalinatas y escaleras que subir y bajar hasta perder el norte además del aliento.












Un pato sigiloso se hizo amigo de mi dulcinea del mar al reconocer en ella a una bella flor de suaves pétalos. Es bajo la sombra de un viejo árbol templario que nos despedimos de una larga jornada de paseo, esperando el frescor de la noche con una buena cerveza más que merecida.



miércoles, 5 de agosto de 2015

Bochorno en Xàtiva, abril 2015.

El día había empezado con una oleada de calor poco habitual para estas fechas. Como Xàtiva está a un tiro de piedra de casa y que, piedras, no nos faltan, decidimos pasar el día en las cimas para ver si conseguíamos refrescarnos un poco.

Mi niña trepadora abrió el camino y subimos hasta llegar más alto que el campanario de la ciudad. Pasamos cerca de una antigua ermita silenciosa y seguimos nuestro acalorado periplo hacia las cimas.

Ese día, el señor chuxo tenía más ganas de bajar que de subir, lo que complicó bastante el pequeño paseo.







Al llegar en el castillo, mi dulce reina de las nubes se fue en busca de la torre de las dulcineas. Se buscó y rebuscó por todas partes, removiendo montañas hasta caer en un paraíso de frescor y cariño.




En el paseo de guardia, hubo varios movimientos de tierra que casi acabaron con el buen chuxo caminador.




Decidimos regresar hacia la falda de la montaña, donde descubrimos un excelente restaurante adosado a la parroquia de las cabras salvajes, un lugar tranquilo y idóneo para olvidarnos del calor y de las fatigas del día.