jueves, 14 de noviembre de 2013

Pirineos Aragoneses, julio 2013

Pirineos Aragoneses, segunda oportunidad a lo grande.

Después de haber sucumbido al diluvio de nuestra escapada en Ordesa, decidimos no arriesgarnos tanto y nos decantamos por una ruta que parecía más apacible y corta. Así que fuimos hasta Plan, un bonito pueblo situado en un valle tranquilo. En la oficina de turismo nos dieron un mapa con una ruta bastante sencilla que tenía que llevarnos hasta Gistaín, una aldea situada un poco más arriba en la falda de la montaña. El punto de partida de nuestra peregrinación se encontraba justo detrás de la iglesia, y es cierto que la primera parte del sendero era realmente más que encantadora.



Como de costumbre, mi bella flor abría el camino. Aunque de dificultad baja, el sendero subía, subía y subía sin parar. A lo lejos, el pequeño pueblo acabó por despedirse de nosotros, y seguimos caminando por una parte mucho más salvaje de la montaña.






Hubo un momento en el que empezamos a sospechar que nos habíamos equivocado de camino. El sendero se hacía cada vez más estrecho y abrupto, desapareciendo tras la maleza, dejándonos bastante desorientados. Eso si, el espectáculo de la naturaleza en estado puro nos dejo sin palabras, bueno… salvo mi niña que empezó a renegar que no veas.





A veces aparecían viejas granjas medio abandonadas, praderas de flores multicolores, antiguos muros de piedra, puentes hechos con troncos… pero ninguna indicación susceptible de demostrarnos que estábamos siguiendo el camino correcto. 




Por fin, cruzamos un sendero más transitado con indicaciones concretas para llegar hasta Gistaín. Aprovechamos de nuestra repentina suerte para hacer un pequeño reportaje fotográfico de las flores que embellecían nuestro silencioso camino de retorno.







A lo lejos apareció Gistaín, con su viejo campanario medio derrumbado. Unos niños nos dieron la bienvenida y descansamos un rato tomando una buena cerveza fría en una taberna donde se olía a muy buen queso.




Después de haber recobrado fuerzas, emprendimos el camino de retorno hacía Plan que se veía un poco más abajo, a unos 20 minutos de camino. Pasado el antiguo lavadero, un camino forestal baja directamente hacia el otro pueblo. No sé como lo conseguimos, pero nos perdimos de verdad, cruzando campos silvestres para llegar, por fin, hasta Plan donde comimos un merecido bocadillo al lado del río.




Al día siguiente, decidimos hacer una escapada turística para descansar un poco de tantas aventuras campestres. Fuimos a visitar el monasterio de San Juan de la peña, situado al suroeste de Jaca, en una sierra mucho más árida, situada a unos 120 kilómetros de Boltaña y donde fueron enterrados un buen número de reyes de Aragón. De camino de vuelta, nos paramos en Santa Cruz, un bellísimo pueblo cuya iglesia se vislumbra desde muy lejos.








Bastante decididos en no darnos por vencidos, volvimos a Ordesa con la meta inicial de llegar hasta la cola de caballo. Este día, había mucho más luz y el bosque se iluminaba de miles de colores. Mi niña, eufórica, corría por todas partes, persiguiendo la brisa que nos indicaba el buen camino.







En lo profundo del bosque está el refugio de los gnomos, una piedra verdosa que cambia de sitio sin que te des cuenta. Evidentemente, mi bella quiso ver a aquellos seres mágicos, pero no hubo suerte y no se dejaron ver ni el hocico. 




Al final de una buena caminata, llegamos de nuevo a las famosas gradas de Soaso cuyas aguas bravas nos dieron la bienvenida.




A la entrada del circo, mi niña de las flores fue a saludar a las apacibles vacas que pastaban disfrutando del sol y del silencio. Alrededor, las rocas de las montañas circundantes desprendían agua por todas partes.






El cielo estaba un poco cubierto, pero conseguimos llegar a la cola de caballo sin problema. Allí, descansamos una buena media hora. La caminata vale realmente la pena, la cascada es preciosa y se merece con creces su nombre.




Después de un merecido bocadillo, emprendimos tranquilamente el camino de vuelta, disfrutando de la simple belleza de los parajes.



Aprovechamos del buen tiempo para hacernos unas cuantas fotos al pie de las gradas cuyas aguas fluyen hacia delante para siempre. La bravura que tiene el río en este tramo es realmente impresionante.







Caminando sin darnos prisa, pudimos hablar con las hojas muertas, los árboles milenarios y dejarnos acariciar por una agradable brisa que nos acompañó durante todo nuestra larga escapada.














Al llegar a la pradera de Ordesa, el cielo se cubrió un instante, dejando preveer lo peor. Pero sólo fue una falsa alarma y mi flor descansó un buen rato al lado de sus amigas de dulces pétalos.




Antes de volver a casa, dimos una vuelta por el pueblo de Torla,  parándonos en una terraza para disfrutar de una buena cerveza fresca y donde mi niña se olvidó, por segunda vez, su palo de caminar. Menos mal que tenemos un chuxo rastreador, un campeón de los palos.





Al día siguiente, como el tiempo estaba algo caprichoso decidimos no arriesgarnos eligiendo una ruta cortita. Nos adentramos en el valle de Pineta con un sol radiante, disfrutando del verdor intenso de los bosques.








Al llegar a los llanos de Larri, nuestra meta del día, espesas nubes empezaron a cubrir las cimas de las montañas, se oyeron truenos mientras las aguas del bello lago se oscurecían al mismo tiempo que el cielo. Decidimos dar la vuelta corriendo para intentar escapar del temporal. 40 minutos después, justo al llegar al coche, cayo la de Dios. Llovió tanto que tuvimos que esperar que la tormenta perdiera fuerza para decidirnos volver a casa.





Jánovas es un pueblo abandonado que se ve desde la carretera. Incluso hay un mirador para contemplar sus ruinas desde lo alto del valle del Ara. Al verlo cada día, quise visitarlo desde el principio de nuestras peregrinaciones. Aprovechamos esta tarde lluviosa para darnos un paseo cerca de Boltaña. Desgraciadamente, nuestra visita se pospuso al llegar al puente colgante que mi bella se negó rotundamente a cruzar.





Pero no nos dimos por vencidos y fuimos a visitar Ligüerre, una pequeña aldea cercana, rodeada de campos y de silencio. Pocos habitantes para darnos la bienvenida, pero con mi bella a mi lado, conseguimos entrevistar a unos cuantos habituados del lugar. Allí, patos, gallinas y gatos viven en una celosa convivencia, mirándose de reojo por si las moscas.







¡A que mi niña es la más guapa de todas las flores de las montañas! Desde nuestro pequeño balcón, en la agradable casa de Maria Jesús, tuvimos la suerte de poder disfrutar de las pintorescas vistas de las afueras de Boltaña. Al final de las vacaciones, el pony de mi dulcinea, muy amigo de sus amigos, vino a despedirse de mi bella.