jueves, 25 de noviembre de 2021

El Artza Mendi, una odisea en toda regla, Itxassou septiembre de 2021.

Pasado el bonito pueblo de Itxassou, dejamos el coche en un pequeño parking situado en la mismísima carretera que lleva al “Pas de Roland”, una emblemática roca que se inspira en la famosa leyenda.


Este pequeño tramo por carretera es precioso y muy bucólico, aunque las últimas riadas del río hayan dejado cerrado al público el sendero que bordea La Nive.








Al llegar a Ondoria, una pequeña aldea constituida de unos restaurantes y albergues, seguimos por una carretera de montaña que se hunde en el frondoso bosque que bordea la inmensidad de las alturas.




Mi niña exploradora, siempre abriendo el camino, no se perdió la oportunidad de saludar a unos cuantos de los antiguos maestros del bosque cuya corteza de sabiduría te pueden contar insospechadas historias.



En un momento dado dejamos la carretera para coger un camino de tierra empinado y que se alejaba deliberadamente de las profundidades del valle para subir hacía una espesura cada vez más frondosa.






Siempre delante, mi niña mariposa esperaba con la paciencia que la caracteriza al pobre señor Chuxo, animal de pelo raso, refunfuñador impenitente y de mochila siempre bien cargada.






El sendero es largo, sinuoso y precioso hasta salir del bosque, con muchas aves y caballos escondidos, observándonos en silencio.










Antes de salir de la jungla verde, pasamos delante de los vestigios de una antigua granja derruida por el tiempo, última centinela de la presencia humana, antes de afrontar las verdaderas alturas.







A lo lejos, el camino pasa cerca de los petrificados, los últimos grandes guerreros de madera que osaron desafiar la montaña e ir al asalto de las alturas.




Después es todo subida, primero cruzando inmensos campos de helechos hasta llegar al Gran pico de roca, promontorio que nos enseñó todo el recorrido… y mucho más.










Después de un leve descanso, reemprendimos la subida hasta el Artza Mendi, una dirección más que un camino hasta la cima y contra un viento estremecedor y sin compasión. Nos saludaron unas manadas de caballos, imperturbables, mientras luchábamos contra la fuerza de los elementos naturales.







Una subida en linea recta y contra una ventisca enfurecida, es una experiencia. Y con mi niña enflorecida refunfuñando a cada paso, uno hubiera podido pensar que el cielo estaba a punto de caernos encima.




Pero somos valientes y lo logramos. Una vez arriba, además del enorme radar de Artza Mendi, nos esperaban caballos y ovejas pastando con tranquilidad.




Llegados a la meta del día, nos saludaron unas aves rapaces que aprovecharon  la inclemencia del tiempo para probar suerte en tierra, ojeando los buenos jamones de mi princesa con un brillo tentador en sus furtivas miradas. Por su bien, no intentaron nada, los pobres.







Bajamos por la ladera opuesta, y es allí que hubo un problema dramático ya que el camino bajaba hacia una pista que no era la del camino correcto.



Estas fotos son las últimas de nuestra peregrinación ya que mi niña, exhausta, no quiso volver dar marcha atrás hacia la cima. Decidimos tentar suerte por un sendero salvaje que resultó ser francamente peligroso. Una pareja de senderistas piadosos nos cogieron en su coche y volvimos, gracias a su gentileza, sanos y salvos a Itxassou.


¡Viva el chuxo trepador y su dulcinea de las alturas! ¡Viva, viva!