La ruta empieza en medio de la ciudad de Hondarribia, en una parte lejana del centro urbano. Rápidamente nos adentramos por unos caminos de tierra y sus zonas agrícolas que nos llevaron hasta una impresionante cañada soleada, un majestuoso enclave escondido justo al principio del gran bosque.
Después seguimos un vía crucis que nos llevó subiendo hasta el Santuario de nuestra Señora de Guadalupe y el gran bosque que predomina todo el estuario del río Bidasoa, con la Rhune vigilando toda la costa vasca.
Seguimos a buen paso cruzando el frondoso bosque que, después de una buena caminata, nos llevó hasta la costa y sus famosos acantilados.
Nos recibieron una manada de magníficos caballos y seguimos nuestra peregrinación hasta el frente del mar vigilado por unas vascas vacas de las más simpáticas.
Después, es todo un espectáculo, un juego intemporal entre el océano y las rocas esculpidas por las fuerzas de la naturaleza.
Tuvimos varias veces la tentación de bañarnos, pero el tiempo apremiaba y el calor se hacía cada vez más agobiante.
Seguimos caminando hasta llegar al faro de Higuer donde nos tomamos unas buenas y frescas cervecitas, un premio más que merecido.
Es con las fuerzas renovadas que emprendimos el camino de vuelta, subiendo con ganas y entusiasmo hasta salir de la jungla y toparnos con las ruinas del castillo de San Telmo (que de paso la había palmado desde hace mucho tiempo).
El final de la ruta es mucho menos interesante y sobre todo caluroso, se cruza toda la zona portuaria y el paseo marítimo de Hondarribia, buscando en qué maldita calle habíamos aparcado el coche.













































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