viernes, 19 de agosto de 2011

Bordeaux, agosto 2010

Bordeaux, la ciudad de los sueños perdidos.

Nuestro paseo por Bordeaux empezó por las alturas, porque soñar sin volar no es soñar. La ciudad ama las nubes, y sus ángeles cuidan el transeúnte perdido entre ramas y hojas de oro puro.





En lo alto, todo es silencio. Las campanas descansan y las palomas se esconden de la luz cadente de piedad. También está el silencio… el silencio y la belleza del que lo escucha.










Entre callejuelas oscuras y plazas soleadas, un poco de frescor da juego al día. La mesa esta puesta y ya es la hora de volver a casa.










jueves, 11 de agosto de 2011

Blaye y Saint-Émilion, agosto 2010

Blaye y Saint-Émilion, lugares mágicos donde el pasado habla por si mismo.

Ir en Gironde y no pasar por Saint-Émilion para probar el néctar de sus vinos está considerado como pecado capital. Así que fuimos varias veces… y volveremos sin duda ninguna.

El encanto de este pueblo es indescriptible. Eso si, sus calles escarpadas no tienen compasión ninguna para los pies de los peregrinos exhaustos.


















En cuanto a la fortaleza de Blaye, lo más impactante es la inmensidad del río, verdadera frontera natural que parte el paisaje en dos. Curiosamente, la ciudadela es como un pueblo escondido dentro de la cuidad.

Está más que aconsejable perderse en sus estrechas calles que huelen a mar y estrellas.






lunes, 8 de agosto de 2011

L'entre-deux-mers, agosto 2010

Dardenac, Daignac, Saint Félix de Foncaude, Roquetaillade y la Sauve Majeure, un largo paseo entre mariposas, reinas del silencio.

Nuestro largo periplo empezó en los luminosos bosque del pequeño pueblo de Dardenac, paseando por senderos silenciosos apenas perturbados por el vuelo de las mariposas. A lo lejos, castillos escondidos entre la densa vegetación maravillaban nuestra mirada cada vez más aturdida.







Nuestros pasos nos llevaron hasta el imponente castillo de Pressac, en Daignac, feudo de la señora de la comarca. En Saint Félix de Foncaude, pudimos apreciar las famosas justas medievales, con sus valerosos caballeros que acudieron de todo el reinado para enseñarnos su implacable valentía.
















Bien distinto fue el castillo de Roquetaillade, oscuro y impenetrable, con sus altas torres, dominio de los fantasmas de la noche. Pero la oscuridad sólo existe para que la la luz se haga más intensa. En el paraíso de las flores, apareció la bella de las mariposas, dulcinea de palabras mágicas y reina de mis caricias.










Las ruinas de la abadía de la Sauve Majeure nos develaron tímidamente sus más bellos encantos. Pero había que andar con cuidado y no perderse en sus oscuros pasadizos, túneles y corredores, que la belleza siempre ofrece sus misterios escondiendo sus peligros.



























Pero salimos ileso de la aventura para volver a nuestro punto de partida, el tranquilo pequeño pueblo de la abuela, maestra de las confituras y dueña de sus gatos.







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