jueves, 11 de agosto de 2011

Blaye y Saint-Émilion, agosto 2010

Blaye y Saint-Émilion, lugares mágicos donde el pasado habla por si mismo.

Ir en Gironde y no pasar por Saint-Émilion para probar el néctar de sus vinos está considerado como pecado capital. Así que fuimos varias veces… y volveremos sin duda ninguna.

El encanto de este pueblo es indescriptible. Eso si, sus calles escarpadas no tienen compasión ninguna para los pies de los peregrinos exhaustos.


















En cuanto a la fortaleza de Blaye, lo más impactante es la inmensidad del río, verdadera frontera natural que parte el paisaje en dos. Curiosamente, la ciudadela es como un pueblo escondido dentro de la cuidad.

Está más que aconsejable perderse en sus estrechas calles que huelen a mar y estrellas.






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