Bajo el cielo de La Réole.
Me acuerdo perfectamente del sol tremendo de este día. Pensábamos que el paseo iba a ser bastante corto, pero el recorrido nos llevo más allá de lo inesperado. Valió la pena, pero acabamos hasta las rodillas de subir y bajar bajo un sol implacable y sin piedad.
Muchos edificios, estrechas callejuelas oscuras, escaleras de piedra de talla, todos marcados por la huella del tiempo, nos dejaron un recuerdo bastante entrañable del resplandor de otros tiempos.
Y siempre este sol ardiente.
Mi bella dulcinea quería refrescarse el paladar, pero ni un bar abierto a estas horas de la tarde. Es que en el país del vino, las copas se hacen más escasas que las moscas.
En silencio y sin añadir más palabras, os dejo descubrir nuestro bello y caluroso paseo.



























